jueves, 16 de abril de 2026

10, México 86

 


En 1986 se celebró el mundial de futbol soccer en México. En todos lados se escuchaba: "México 86, México 86, el mundo unido por un balón" A pesar de que hacía unos meses había pasado el temblor que sacudió a muchos estados del país, había entusiasmo por este tipo de eventos y presupuesto público para las obras que mejorarían la infraestructura para el turismo.

La situación en casa se volvía cada vez peor, para mi madre yo era lo peor que pudo haberle pasado y un ojalá no hubieras nacido nunca, de su boca, lo peor que pudo pasarme a mi. Los pleitos entre mis padres, sumado a que mi mamá me hacía ver como una tonta ante mi hermano eran mis llantos a solas. Le pedía a Dios piedad, le rogaba que bajara, que me abrazara. Iba todos los domingos a misa, mi papá, ahora si que religiosamente me llevaba, me decía que al momento de la consagración, cuando el sacerdote tomaba la hostia con sus manos y la elevaba, ese era el momento cumbre de la misa, ahí estaba Dios, presente, omnipotente. "Ahí, niña, ahí es donde debes pedir" Dios mío, te pido por mi mamá, perdonala. Esa fue siempre mi plegaria.

Todo lo que viniera de la familia de mi papá era prohibido para mi. Hubo ropa que me mandaron, quizás juguetes que nunca vi. Ahora que recuerdo, cuando vivíamos en la calle Veracruz, a mis 3 años, mi tía Chalita, me había regalado un perro de peluche color rosa, grande, siempre lo tenía en un sillón y un día de la nada, mi mamá se lo regaló a la hija de la vecina, diciendo que a mi no me gustaba. En fin, viniendo de ellos se iba a la basura. Y así, lejos, con la idea de que ellos eran malos, crecí. Por ello no disfruté los últimos años de mi abuelita Celia, no tuve relación con mis tíos y primos por mucho tiempo.

Mi papá se limitaba a decirme, no eres una hija mala, solo es que tu mamá no te comprende y un día lo vas a comprender. El trato que me daba mi mamá, rebasaba los problemas que había entre ellos, empeorando las cosas. En casa de los abuelos las cosas se tornaban parecidas a la casa y a pesar de Adriana no era un buen sitio, ella también sufría ahí. Anhelaba irme a Guaymas, rogaba por ser internada en la escuela donde estudiaba mi hermana, solo quería estar con ella.

miércoles, 15 de abril de 2026

Las nueve primaveras


1985, una época marcada por la cultura pop, la rebeldía del metal y los desastres naturales. Las mallas y los blusones, los accesorios en colores fosforescentes, los copetes elevados con crepé y spray. La juventud impuso y la decada de los 80s para mi tiene un parteaguas en 1985, cuando tenía solo nueve años. 

Por alguna razón me sentía más cómoda platicando con los niños, las niñas me habían relegado de su grupo y encontré con ellos el tema de conversación, el compartir un rato en el recreo. Me hice amiga de Germán, Roberto, Abraham y fui varias veces reprendida por platicar en clases. Ay, como me divertían las bobadas de los varones, eran más simples, más relajados y eso me ayudaba a olvidar el fastidio de los gritos en casa, de ese ambiente hostil en que se estaba convirtiendo lo que debió ser un lugar seguro.

Las vacaciones de verano en casa de mis abuelos, con mi hermana, mis primos. Ya podíamos participar un poco en las conversaciones de adultos, las cuales solían ser incomprensibles a veces y optabamos por sentirnos estrellas del pop, imitando las coreografías de los grupos de moda. Salir por la tarde a asaltar a mi abuelo para comprar una nieve, ayudar en casa, cosa que nunca era suficiente, siempre había algo que hacer, poco el tiempo para la diversión, pero lo inventabamos.

La pubertad se asomaba y yo ni cuenta me había dado, mi papá fue quien me dió la órden de no volver a dormir con ellos, porque desde que nos mudamos a Caborca lo hacía noche tras noche, amaneciendo tirada entre las dos camas individuales que formaban una king size. En septiembre de ese año, un fuerte terremoto sacudió varias zonas de México, a escasos días de haber iniciado mi cuarto año de primaria.  Ay, ese 1985 añorado...

martes, 14 de abril de 2026

Ocho años


Un nuevo año, de nueva cuenta en casa de mis abuelos a pasar las fiestas decembrinas. En mi memoria aun está el regalo de navidad; una pulsera de oro. Mi abuelo salió a defenderme. Abundio, ¿Cómo se le ocurre regalarle eso a la niña? Ellos a esa edad quieren jugar, divertirse. Me tomó de la mano y me llevó a escoger lo que yo quería a una juguetería. Escogí algo sencillo. Me sentí la persona más protegida y amada del mundo, mi abuelo fue mi superhéroe, ahora yo tenía un juguete igual que mis primos, aún regresando a Caborca, lo seguí disfrutando. Gracias, abuelito hermoso.

El nuevo año inició con clases de catesismo en el colegio, nos preparaban para la primera comunión. Aprenderse todo sin tener conciencia de lo que significa, ir a confesarse siendo un niño, haciéndote sentir culpable de algo que no sabes siquiera que es. Cosas que cuestiono de la iglesia católica. También acudía a clases de danza, algo que me había llamado la atención desde muy pequeña, solo que jamás fui lo suficientemente flexible para el split y deserté.

Terminé ese año con un diploma por desempeño, un segundo lugar, el primero que gané y el único. Hice mi primera comunión un dos de junio de 1984, mi madrina fue mi tía María del Rosario, mi tía Chalita. Me festajaron en la casa con un pastel y refrescos, fueron mis abuelos y Adriana a celebrar. Para mi mamá todo estuvo mal, un vestido con tela chafa, que mi papá no me había comprado los zapatos, hasta la foto donde salíamos mis abuelos, Adriana, mi tía y yo fue partida a la mitad, borrando para siempre el recuerdo que era mío, que no le correspondía.  Llegaron las vacaciones de verano, otra vez a casa de los abuelos, donde siempre eran quejas entre mi mamá y mi abuelo. "Tu mamá malcría mucho a Adriana" "Esa niña es una grosera, no la tolero" Yo no entendía, solo quería estar con mi hermana, aunque mi mamá me repetía una y otra vez que solo era mi prima y no hacía más que criticarla, de burlarse de su físico.

El regreso a clases, nuevamente al colegio anterior, lo que había conseguido en el colegio Dom Bosco, allá se quedó. Ahora volvía a donde había aprendido a sentirme cohibida, ya las amigas habían cambiado y yo también, ya había pasado un año, ya habíamos crecido y aprendido muchas cosas. Yo me fui ese año y otras niñas llegaron, yo perdí a mis amigas. La vida en casa se volvía más tediosa, los pleitos entre mis papás, se desquitaban con nosotros, gritos, malos tratos, así que me sentaba bien eso de ir de doble turno a clases.


lunes, 13 de abril de 2026

El séptimo año de vida.


1983, seguía en primer año de primaria, la vergüenza se apoderaba de mi, mi maestra sabía que yo era una mala hija. Para colmo, a la directora se le ocurrió la maravillosa idea de informarnos en un lunes cívico de que tenía una poderosa e inovadora cámara en la casa de cada alumno, por ahí nos veía desde la comodidad de su hogar. A la par, mi maestra nos comentaba en clase que a ella le molestaban los niños que se portaban mal con su mamá, mencionaba todo lo que mi mamá le contaba sobre mí. Parece mentira, pero a los siete años (sobretodo en aquellas épocas), uno todo se cree y me fui convirtiendo poco a poco en todo lo contrario de aquella buena y destacada alumna. 

Hubo algo que jamás olvidaré, un gesto distinto de mi mamá. Ella siempre festejó mi cumpleaños, siempre en junio ya que salíamos de vacaciones y estabamos en Guaymas. Esta vez decidió festejarme en el colegio. Fue un día después de mi cumpleaños, llevó pastel y refrescos. Gracias mamita, no he olvidado ese día. Se que hacías todos los días un esfuerzo para estar bien.

En ese año era todo un furor un nuevo grupo juvenil de Puerto Rico llamado Menudo, su éxito era tal que sin yo haberlos escuchado antes, a mi papá le recomendaron el disco y me lo compró. Por las tardes era feliz poniendo el disco de acetato: 🎶🎶Súbete a mi moto, nunca has conocido un amor tan veloz🎶🎶 Escuchaba la música que le gustaba a mi papá; Mocedades, José Luis Perales, Sergio y Estébaliz, Trigo Limpio, Alberto Cortéz y en especial escuchaba un cassette que mi papá había comprado por contener El Himno a la Alegría, también venía una canción que considero, fue la primera canción de Rock que escuché, esta se llamaba "Bienvenidos". A mis siete años, nunca imaginé que esa canción a muchos kilómetros de mi, alguien también la escuchaba con la misma emoción.

Poco a poco fui adquiriendo un caracter cohibido, perdí el interés por las amistades que había hecho en la escuela, no se si la situación en casa, si todo lo que mi mamá platicaba sobre mi a la maestra, no se que fue. Mi lugar seguro era ir a casa de mis abuelos maternos, jugar con mis primos, en especial con la que siempre ha sido una hermana; Adriana. Las tardes que llegaba mi tía Rosa con mi prima Rossy, mi tía Lupe con Alejandro "el güero" y Paty, sentarnos a ver televisión y escuchar los éxitos del momento, Rocío Dúrcal, Juan Gabriel, Emmanuel, José José y un jovencito llamado Luis Miguel con su éxito 1+1= 2 enamorados, el programa Juguemos a Cantar.

Ese año, el mes de julio falleció mi abuela partena. Poco traté a mi abuelita Celia, era una mujer muy de su hogar, hecha a la antigua. No estaba muy mayor, pero padecía de sus facultades. La encontraron sumergida en un canal de riego, casi irreconocible, una cicatríz en la muñeca hizo que Óscar Ulloa, médico y amigo de la familia pudiera reconocer el cuerpo. Mi papá viajó a Ciudad Obregón con mi hermano, acompañados de Federico "Lico" Cota, quien vivía en ese tiempo en Caborca. Nunca había visto llorar a mi papá, pocas veces lo hizo.

Mi segundo año de primaria inició en otra escuela, a mi mamá le gustó el uniforme del colegio Don Bosco y se le hizo buena idea cambiarme. Todo era nuevo para mi, nueva escuela, nuevos compañeros. Lo padre era salir e irme a la oficina donde trabajaba mi papá. Aprendí el asdfg ñlkjh de mecanografía, las secretarias del banco me ponían a practicar, también a limpiar las hojas de sus plantas para que lucieran brillantes. Vagamente las recuerdo, a una de ellas en especial, Glenda, que de repente nos visitba en casa, nunca olvidaré un osito de peluche que me obsequió, los duraznos que nos regalaba del huerto de su mamá y una mermelada de fresa deliciosa.

Creo nunca me sentí del todo bien en ese nuevo colegio, pero a pesar de ello volví a destacar academicamente

domingo, 12 de abril de 2026

Cuando se tienen seis años


Recapitulando un poco, solo un poco, porque los recuerdos son muchos y no terminaría nunca de escribir lo que he vivido este medio siglo de vida. De los seis años, recuerdo con mucho cariño cuando terminé el parvulitos, hacían pocas semanas de haber cumplido los seis, teníamos ya un año viviendo en Caborca. Hace poco encontré entre las fotos viejas, aquella donde aparece mi maestra Olga, quien lloró mucho ese día y en la foto aparecen sus hermosos ojos claros vidriosos por la emoción del fin de cursos. Vagamente recuerdo que había una maestra de apoyo. En la foto aparezco con el cabello corto y la maestra Bertha Burrola Morales, entregandome el certificado, la mamá de mi amiguita Judith al fondo.

Me acuerdo que en esa ocasión mi mamá asistió, cosa que hacía muy poco, realmente era mi papá quien se hacía cargo de la escuela y las vueltas que había que dar. Muchas compañeras me preguntaban si ella era mi mamá, les dije que si. Ellas solo decían "Qué bonita tu mamá, María" Yo me sentía orgullosa. Y volviendo a mi cabello corto, tenía poco de haber perdido mi melena. Sin motivo que yo recuerde, mi mamá me llevó a una estética, donde un muchacho me sentó y empezó a cortar. Solo veía mis mechones, aquellos que mi mamá con facilidad los convertía en caireles como los de Graciela Mauri en Mundo de Juguete, le pedía por las tardes que me peinara así. Quizás tuve piojos o se cansó de estarme peinando. Me sentía abrumada, ¿Cómo iba a presentarme así al colegio?, al día siguiente no fui, solo recuerdo que en la noche me acosté llorando, preguntándole a mi mamá si me iba a crecer pronto. Esa noche soñé que me había despertado con el cabello largo, que Diosito se había compadecido de mi.

Después llegaron las vacaciones y nos fuimos a visitar a los abuelos, duramos un par de meses con ellos. Recuerdo que mi abuelito me empezó a decir "la pelona" ay abuelito, si hubieras sabido lo mal que me hacía sentir, de ahí todos empezaron con lo que para mi era una burla. Qué delicados somos a esa edad, susceptibles. Para algunos puede ser una tontería, pero para quien lo resiente, llega a ser algo que no se olvida.

Las vacaciones terminaron y mi papá regresó por nosotros, nos recogió en su Ford Fairmont 1981 que había comprado hacía un año. Me acuerdo que el vecino siempre le halagaba el carro, le preguntaba a qué velocidad manejaba en carretera, entre 80 y 120 km/hr le respondía. Mi papá siempre fue mesurado para manejar. Recuerdo tanto a esos vecinos, era un matrimonio con dos hijos un poco más grandes que mi hermano. Cuidaban de un señor mayor, supongo el papá de la señora. Yo me sentaba en las tardes con el, recordando las tardes que pasaba con mi abuelito, lo sentía como eso, un abuelito, hasta que me pidió tocarlo, me negué, le contesté que eso no se hacía, que mi mamá me regañaría. Entiendo que mi mamá ya me había advertido como cuidarme. A los días el señor falleció, recuerdo mis papás lo platicaron con precaución de que yo no escuchara, pues decían me iba a dar tristeza, "No, no hay que decirle". La realidad, yo ya percibía el señor era una mala persona y no sentí absolutamente nada por su deceso. Repito nuevamente, qué delicados somos a esa edad, susceptibles. 

Regresé a clases, mi hermano ahora iba a secundaria y yo iniciaba mi primer año en primaria. Ahora me daba clases otra maestra, Ana María, seguía siendo una buena alumna, destacada, pero a veces pasan cosas, no entiendo el porqué. Mi mamá inició una amistad con ella, entre sus conversaciones eran quejas sobre mi, no entendía qué ocurría, no lo entiendo hoy todavía. Lo unico que quiero entender, mi mamá desquitaba conmigo su infelicidad, sus sinsabores, quiero creer lo hizo inconsientemente. Yo era una niña mala, así lo hacía ver hacia los demás y yo me la creí muchas veces, algo no estaba bien conmigo, no le hacia caso, quería las cosas al momento, hacía cosas que no me correspondían, mi mamá estaba cambiando, lamentablemente para mal. Mi papá la golpeaba, los gritos en casa se convetían en el pan de cada día. Ella le gritaba cosas que dolían. Toda la familia de mi papá eran malos, el era un pendejo, un inútil.

Pero sabes, María, mi niña de seis años. Eres una niña buena, te lo aseguro, solo que en el mundo de los adultos hay cosas que no se comprenden, cosas que no deberían pasar, pero pasan y nada de lo que ocure es tu responsabilidad. Eres un ser lleno de amor, María, tienes tanto que dar y tarde que temprano todo ese amor lo vas a recibir.

Mis cinco


Mis cinco años. Antes de entrar a la escuela ya tenía noción lectoescritora, me acercaba a mi hermano cuando hacía sus tareas. Por las tardes nos entretenía el televisor con el programa "La canica azul" o nos salíamos al patio a meternos en tinas de agua para mitigar el calor. Justo a unas semanas de haber cumplido los cinco años, dejábamos el que era nuestro hogar sobre la calle Veracruz, se quedaban atrás hermosos recuerdos. Dejamos a nuestra tortuga, según mi mamá no la pudo encontrar y nos subimos a un taxi, con nuestras maletas y a mi gatita Kitty en una caja. 

Mi papá tenía un nuevo puesto, era en otra ciudad, allá yo entraría a un jardín de niños, nos iba a ir mejor. Ya por fin tendríamos casa, papá se había adelantado, allá nos esperaba.

Llegamos a la central de autobuses, tres pasajeros, un adulto y dos niños hacia Caborca. No había jamás escuchado que existiera esa ciudad. Mi mamá decía que era un rancho, cualquier pueblito en medio del camino mi hermano a modo de burla decía que ya habiamos llegado. Recuerdo ya era de noche, la carretera en ese tiempo eran dos carriles, uno de ida y otro de vuelta. Por fin, unas luces después de horas de camino. El chófer avisa; "hemos llegado a Caborca".

Recuerdo ver la central de autobuses, no ha cambiado mucho, todo al rededor de ahí sigue parecido a ese junio de 1981. Llegó mi papá por nosotros. Caborca nos daría mucho.

En septiembre por fin, mi sueño hecho realidad, entraría a la escuela, ahí se llama Parvulitos. Instituto profesor Adalberto Sotelo, mi maestra Olga María Noriega. Muchos niños, me sentía feliz entre los llantos de los demás. ¡Qué linda, ella no llora como los demás porque se fue su papá! No, no había caído en cuenta que me quedaría sola, era la primera vez que estaba con desconocidos. Supongo la maestra se arrepintió de habermelo dicho.

Cuántas cosas se vienen a mi mente mientras escribo, ese entrañable 1981, esa mañana de septiembre, aún veo a lo lejos a mi papá yéndose del colegio, dejándome sola. No te vayas papacito, no me dejes aquí sola.  Hoy ya no volverás por mi, papito.

Era muy bonito ir a la escuela, mañana y tarde, así era el sistema escolar. Me recuerdo siempre buena alumna, inteligente. Ahí empecé a hacer mis primeros amigos, Finita, Judith, Silvia Cristina. Recuerdo al señor de la tienda escolar, un hombre joven, muy delgado, si mal no recuerdo se llamaba Francisco o quizás le decíamos Fito, algo así. En el recreo salir a comprarle fritos azteca y un vaso de Pepsi.

Aún recuerdo mi uniforme, la playera con cuello azul y dos líneas y mis zapatos negros de suela de goma, esos le gustaban a mis papás. Nos sentaba bien el cambio, muchos años después entendí la razón, sin embargo todo se volvería distinto.

viernes, 10 de abril de 2026

Cuatro años


1980, esa época que muchos recuerdamos con nostalgia. El pop desplazaba a las baladas, el furor por Star Wars iniciaba, la tecnología avanzaba de una forma más acelerada. Yo tenía cuatro añitos. Recuerdo, mi mamá me festejaba los cumpleaños en Guaymas, en casa de mis abuelos, aompañada de mis primos. Ponían sobre la mesa un pastel y refrescos para compartir. Nunca olvidaré un pastel que mi mamá decoró con unos muñequitos de un libro escolar. Era una mujer creativa.

Me encantaba jugar con mis primos, a los cuatro años mi papá nos compró patines, todos los primos teníamos patines, patinabamos dentro del porche de los abuelos, lo hacía muy bien, me sentía segura. Es una lástima haya perdido el interés por el patinaje. Años después, como a los 27, cuando a mis hijos les amanecieron patines, intenté patinar y me caí. Ahora sería un poco más complejo, me da bastante miedo intentarlo a esta edad.

¿Cómo y en qué momento deja uno de lado las cosas que le hacen feliz? Porque yo era feliz patinando, y fui feliz tejiendo y tocando la flauta y haciendo pastiches de las canciones de moda. ¿Qué nos distrae? ¿Qué hizo falta para no dejarlo? No hace mucho pensé en comprarme unos patines, pero ese miedo de caerme, no me permite siquiera intentarlo. ¿Y si terminan arrumbados como tantas cosas? ¿Y si ocurre un accidente? Es una lástima no tenga una foto con mis patines, por eso ahora me gusta tomar fotos de todo, de todos, con todos.