jueves, 30 de abril de 2026

Llegaron los 24 años de edad


Ya sabía manejar, podía tomar el volante y de vez en cuando sentir libertad. Eran pocas veces que el progenitor me prestaba su auto, no tenía ni licencia, ni dinero para el combustible, pero las pocas cuadras que andaba era un espacio de disfrute, sentir que yo podía hacer algo más que limpiar y cuidar de los niños, me sentía útil, capaz de hacer muchas cosas y soñaba mientras cambiaba el semáforo.

Había encontrado en mi tía Chalita un apoyo, un conforte y nos hacíamos compañía. Con mi mamá la cosa iba de mal en peor, se ausentaba largas temporadas a Guaymas, quizás su intención era cuidar de mi abuelito, pero la realidad era que solo cambiaba de lugar, su depresión y sus enfermedades no le daban para mas. Mi papá cada vez más deprimido, pensando en que le quitarían su casa, pues, ya llevaba algunos años desempleado y no encontraba la salida económica, no tenía ni para pagar la mesualidad del crédito hipotecario.

Yo también me preocupaba mucho por mi papá, había momentos en que pensaba que todos sus problemas y la soledad que tenía lo harían recurrir al suicidio. Mi mamá ya tenía muchos meses fuera de casa y una tarde platicando con el progenitor acordamos algo; proponerle a mi papá reestructurar la deuda e irnos a vivir con el, al fin mi mamá no tenía la intención de regresar. Para mi papá fue como un alivio, "hagan lo que sea, ayudenme, que no se pierda esta casa". Y así fue, me armé de valor y fui a proponer una reestructura del crédito. Nos mudamos a su casa, al fin tendríamos espacio, para jugar, para cocinar, para dormir comodamente. Solo una cosa me pidió mi papá además de lo anterior, que yo me hiciera cargo de la casa. Supongo estaba cansado del desorden de toda la vida, de tanta acumulación de cosas, del polvo. 

Empezamos como pudimos, quitamos el tapiz viejo, se pintó una parte de la casa, pusimos un aire acondicionado en nuestra recámara, creo que se notaba un poquito y pudimos hacer más. A mi papá le salió una oportunidad laboral, parecía que todo pintaba bien. Manuel ya estaba en el jardín de niños, todo estaba tan cerca y a la mano.

 Un día mi mamá regresó. Nos hizo los días de pesadilla y las noches un infierno, me atrevo a escribir lo que muchas veces pensé, estaba posesa de algo maligno. Realmente eran sus enferemedades, su depresión, quisiera olvidar todo lo que nos hizo, todo lo que nos dijo. Solo quería desaparecer, proteger a mis niños, el progenitor no se atrevía a hacer nada, la solución era irnos, pero tampoco regresar a la otra casa, definitivamente ya no cabíamos ahí. Podíamos rentar, pero no podíamos, ni siquiera pagó las mensualidades del crédito reestrucutrado. Empezó a tener síntomas raros, culpaba a mi mamá y yo le creía. Descubrí que estaba usando drogas, y que buen pretexto para ocultar todo y culpar a mi mamá.

Duramos más de un año así, descansabamos cuando mi mamá se iba a Guaymas, sufríamos cuando volvía, cuando mi papá llegaba y el ya no quería discutir. Creo que nunca debimos tomar esa decisión, no supimos manejar las cosas con mi mamá, no tuvimos apoyo de nadie más.

miércoles, 29 de abril de 2026

Cuando tenía 23 años


Cuando tenía 23 años. ¡Qué tiempos!, mis niños chiquitos, las tardes de juegos, viendo los programas de televisión, los cuentos en la noche. Una rutina limpia e inocente. A la vez pesada, pasaba horas en el lavadero, dejé mucha vida lavando ropa, olvidándome de mi, de todo, mis pensamientos se fundían mientras tallaba la ropa con jabón, desvaneciéndose en la pileta de agua, muchos días me pesaban, dejar a mis niños solos en la habitación mientras las horas se me pasaban lavando.

Los días que no había ropa sucia, era ir a casa de mis papás, descansar un poco mientras mis niños tenían el espacio donde jugar. Todo se tornaba difícil, mi mamá simplemente no los toleraba. Con mi papá las cosas eran diferentes, el se llenaba de sus nietos, a veces parecía un marsupial con tres crías sobre el. Mi mamá celaba eso, a ella no se le daba aunque se que algunas veces lo intentó, su carácter y una de sus enfermedades, nunca se lo permitió.

Mely salió del jardín de niños y prometí que ni Manuel ni Mary asistirían a esa escuela, por lo que decidimos inscribir a Manuel a un jardín de niños contiguo a la escuela donde trabajaba el progenitor y en esa escuela Mely iniciaría su educación primaria. Era fácil, nada complicado, siento que ahí fue donde ellos empezaron a convivir más con su papá. Con el tiempo yo ni siquiera tenía que llevarlos o pasar por ellos. Realmente donde vivíamos estaba lejos, inaccesible en aquel momento poder tomar tantos transportes diarios, hoy se me sigue haciendo una zona lejana, fuera de la buena urbanización de la ciudad.

Pronto llegaría la Navidad, nuevamente a buscar juguetes. Para todo el mundo era una nueva era, un cambio de milenio. Nuevamente mi mamá se iría a pasarla a Guaymas, nosotros nos quedaríamos a convivir con mi papá esa Navidad, con unos sándwiches y quesadillas, me daba tanto pesar que se quedara solito, pero la realidad es que no había como recibirlo en la casa.

Inició un nuevo año, un nuevo milenio, los 2000, sin autos voladores ni viajes en el tiempo, pero si con mucha tecnología en la palma de la mano. La mayoría contaba con un teléfono portátil, la llegada del celular. Mucha tecnología, muchos cambios, pero yo seguía atrapada en un mundo muy pequeño.

Un día el progenitor le compró un pick up a su papá, pero era el quien siempre manejaba, había veces que por no estar aburridos en casa le pedía nos llevara a sus supuestas vueltas de negocio, muchas veces me arrepentía, nos dejaba esperando horas, muchas veces en medio del calor, quizás lo hacía con la intención de que no volvieramos a ir con el. Mis niños iban casi siempre en la caja, golpeándose en cada alto y en cada tope los pobrecillos.

Una de esas tantas veces, nos dejó afuera de un hospital, ya estaba por oscurecer, hacía un calor tremendo y pensé que no perdería nada con manejar, solo era cosa de los semáforos y las señales de tránsito. Se me ocurrió ir a visitar a mi tía Chalita y creo que desde esa vez, me convertí en su compañera y ella para mi en alguien que me alentó a salir adelante.

Los 22


A mis 22 años la vida se estaba tornando bastante complicada. Los niños estaban creciendo y seguíamos igual, los cinco apretujados en una habitación. Mis niños seguían sin cama y tuve que pedirle a mis papás un sofá cama que no usaban en su casa, para que pudieran los niños tener donde dormir. Me tocaba resolver por y para ellos, el progenitor no movía un dedo a menos le rogara, aunque para esto al menos ayudó con la mudanza del sofá. 

Tocaba planear el ingreso de Melina al jardín de niños, no concebía para ellos un sistema público, me parecía y hasta la fecha un sistema incompleto, así que propuse enseñanza en casa. Al igual que cuando estaba embarazada de ella, el progenitor se burló de mi. Me dijo que me dejara de tonterías, que los libros no servían de nada, que con eso yo no podría criar a mis hijos y menos educarlos. Cedí. A los meses ingresó a un jardín de niños cercano a la casa. Ese jardín de niños no me gustaba, estaba sucio, se notaban muchas carencias, pero era lo que había. Me esmeraba por verme bonita para pasar a recogerla a la escuela. 

Un día, mi tía Martha llegó de visita a casa de mi tía Chalita, me propuso bautizar a Manuel y a Mary. Mi tía se hizo cargo de todo, ropa, zapatos y los demás gastos. Le preocupaba que los nietos de su hermano no tuvieran ese sacramento, quizás ya habían hablado entre ellos. La verdad el bautizo era algo que no estaba en mi cabeza, tenía tan poco tiempo en qué pensar y el entorno donde viviía no me daba para más. La visita de mi tía fue más que el bautizo. Me hizo una pregunta que cambió mi vida; ¿Ya no vas a estudiar? Tampoco me había dado el tiempo siquiera de pensar en mi. ¿Habría una posibilidad de estudiar? ¿Qué podía estudiar, si solo tenía la secundaria?

Estudia primero la preparatoria, yo te la pago. Piensalo bien. 

Preferí esperar el momento ideal para hacer caso a sus palabras, pues ¿dónde dejaba a mis niños mientras iba a la escuela? En si, esa pregunta que me hizo mi tía Martha, junto con un ¿Tu ya no vas a estudiar, así te vas a quedar? que me hizo Adriana cuando nació Mary, se fusionaron y se convirtieron en una semilla alojada en mi cabeza.

lunes, 27 de abril de 2026

A los 21 años


En 1997 mientras mis amigas y compañeras de la escuela estaban a la mitad de sus estudios universitarios, yo estaba por fin descansando del uso de pañales. Hicimos crecer a Kimberly Clark. La vida no era perfecta, pero si bonita al lado de mis tres niños y más porque ya estaban en una etapa donde no dependían tanto de mi, y al ser casi de la misma edad, más bien, dependían uno del otro. Creo que ellos tienen recuerdos bonitos de esa etapa, donde los tres eran uno solo y yo, si volviera a vivir, me gustaría tenerlos de nuevo conmigo, a mis tres niños, en ese tiempo cuando eran solo de mamá.

Las cosas seguían igual, pero de alguna manera las madres sabemos resolver, creo que Dios nos acompaña en cada instante, que ocurren milagros. La sopa era un manjar para mis hijos, una pequeña olla que alcanzara para los cuatro y un sobre de Kool Aid que rendía para dos litros de agua para refrescarnos.  Donde vivíamos y como vivíamos ahora entiendo era una situación casi extrema, pero nunca lo ví así. Demasiado buena o demasiado inocente. Y así, con ese alma inocente y cegada por el deseo de hacer las cosas mejor, intentaba llevar una buena relación con el progenitor. Poco de lo que hizo fue parte de pedir y rogar por estar mejor, pues era cada vez más complicado estar los cinco en una sola habitación, sin una cama para mis niños, sin su presencia ejerciendo su paternidad. Las Navidades eran una preocupación más, no podrían pasarla sin que llegara Santa Claus. Con el poco dinero, hacía milagros, recorría el centro entero buscando cualquier oferta, algo que supiera los iba a sorprender.

Uno  de los grandes logros fue comprar un televisor de segunda mano, tenía un muy buen alcance de señal, recuerdo que le costó $400.00 Nos entreteníamos horas enteras viendo series, musicales, telenovelas y juegos de concurso. Al tiempo nos hicimos de una grabadora. 1997, tan aburrido, hubiera sido peor sin esa bendita televisión. No nos sentíamos tan solos. Mi hijo se hizo un gran espectador del programa de concursos Atinale al Precio, aunque los cuatro nos sentabamos a verlo, para el el presentador, Marco Antonio Regil, se convirtió en su ídolo.

Una tarde, mientras terminaba de recoger la ropa lavada, prendí el televisor. Mis niños jugaban en el piso. Las niñas se metieron a la recámara, pero mi niño no, lo ví sentado en la puerta, jugando a los carritos. Alcancé a gritar, ya vente, Manuel, ya va a empezar Atinale al Precio. No escuché nada, salí por más ropa al patio y me asomé, ya no lo vi.

Salí a la calle y no lo encontré. Tomé a mis niñas de la mano y nos fuimos por toda la colonia a buscarlo, empecé a llorar, a no saber qué hacer, a quién recurrir. De pronto me saltó la idea de que se había ido caminando a casa de un primo que vivía en una colonia cercana, muy lejos para un niño, pero eran las personas que de pronto visitabamos.

No, no estaba ahí. Un niño de menos de cuatro años, solo, en medio del peligro. Me regresé pensando que la puerta de la casa estaba cerrada, que si el niño volvía, que si al regresar no estaba. Me paré dos segundos para respirar y pedirle a la Virgen, tomada de las manos de mis niñas; Madre mía, a tí que se te perdió tu niño, tu debes de entender por lo que estoy pasando. En eso pasó un carro de la policía. ¿Qué busca, señora? Les conté y me dijeron que de no ser por los vecinos que dieron buena referencia de mi conducta, el niño se lo llevaban al ministerio público.El niño estaba en casa, le ganó la curiosidad de buscar a su papá y lo encontraron solo, en medio de la nada, caminó más de tres kilómetros solo, nadie se dió cuenta, a nadie se le hizo extraño, más que a esos dos policías. Dios los bendiga.

El peor susto de mi vida. Entramos a casa, apagamos la televisión y nos acostamos a dormir temprano ese día. Y una vez más, el progenitor no estuvo ahí, llegó tarde, le conté lo sucedido y no ocurrió nada, nunca ocurría nada y así se fueron mis 21 años, nuevamente abandonada, con un mundo muy pequeño al rededor.

domingo, 26 de abril de 2026

20 años


 20 años, la vida seguía, el reloj jamás se detuvo. Yo ya tenía tres hijos y una inventada vida perfecta. Un día cualquiera, mi cumpleaños. Siempre anhelando por dentro aquel 27 de mayo de 1983 cuando mi madre me había festejado el cumpleaños en la escuela. Ese recuerdo me alimentaba, me evocaba amor, una época inocente que 13 años después se había convertido en nada más que miedo a lo que pudiera pasar mañana.

Frecuentemente charlas con el progenitor, llegar a un acuerdo, intentando empezar de cero, todo por los niños, porque no había otro mundo que yo conociera. Tratando de enmendar las cosas que yo no provocaba, de perdonar golpes, hacer a un lado los largos días de abandono, no solo para mi, sino para mis niños. Yo tenía el recuerdo de un papá siempre presente, en casa, proveedor. A pesar de muchas cosas, el siempre estaba ahí, y continuaba así, siendo proveedor, alimentandonos cada visita, lo cual era más habitual de lo que debió haber sido. 

El progenitor no tenía el espíritu de compromiso, lo hacía más por obligación que por otra cosa, porque quizás para el no había otro mundo que conociera. Un buen día tuvo la idea de llevar libros de primaria viejos, sin usar, de esos que sobran y quedan rezagados en las escuelas. Me pasaba las tardes leyendo, haciendo los ejercicios, casi casi volvía a hacer la primaria invirtiendo el tiempo de la siesta de mis niños.También llevó juguetes didácticos, cosas con los que se entretenían mis pequeños, las tardes eran menos tediosas.

Seguía pasando muchos días en casa de mis padres. Tomar el camión con tres niños pequeños, transbordar a la ruta que me dejaba en la esquina de su casa, era víctima de críticas y burlas. "¿Tienes tres niños tan chiquita?" "Oye, ¿no tienes tele? Y pues no, la realidad que no teníamos tele así que lo poco o mucho que recuerdo que pasaban en televisión, eran las novelas que veía con mi mamá. Sólo en su casa podía escuchar las canciones que estaban de moda.

El gran error de visitar su casa con frecuencia por no tener ni para comer, empezó a quebrantar nuestra relación. Ella, obviamente cansada de las visitas, entiendo que cuando te vas haciendo mayor, solo quieres calma, le abrumaban las risas de los niños, sin embargo yo nunca estaba de inutil en su casa, procuraba limpiar, hacer aseo del baño, descubir el color de los azulejos repletos de ollín. En realidad mi mamá también la pasaba mal, en compañía de un esposo que no la trataba bien.

Ella también soñó y tuvo anhelos, pero no conoció otro mundo, no pudo salir del laberinto. Su frustración la descargaba en mi niño, en tratarlo mal, hacer diferencias con el, con mi pequeñito, mi prematuro, al que mi papá me ayudó a cuidar y eso le causaba sentimientos malos, me atrevo a decir que perversos. Hoy que ha pasado tanto tiempo me duele recordarlo. 

Esa era mi vida a los 20 años, estar donde no quería, donde no debía estar, buscando la comida para mis niños, buscando un poco de espacio donde pudieran jugar y ser un poco yo, tener la libertad de quizás soñar un poquito. Parece que fue ayer, pero han pasado 30 años.

1995: 19 años


 A los 15 días de haber tenido a mi Mary y quedarme tranquila de que no volvería a quedar embarazada, cumplí mis 19 años. Ahora sentía como si estuviera completa, como si hubiera cerrado un circulo, me sentía en paz, como si algo por dentro me dijera que mi misión era esa, tener tres hijos. Algo que no había pedido, mucho menos a esa edad. Pero así sucedía.

La vida continuaba siendo tediosa, sin nada que leer,ni ver televisión, ni tener alguien con quien platicar, sin siquiera atreverme a soñar un poquito. Los días a duras penas me daban el tiempo para darme un baño y cepillarme el pelo, era lo único que podía hacer por mi. En ese tiempo vivíamos en casa de la abuela del progenitor, donde ahí también vivían sus papás y sus hermanos. Era un terreno grande y dos casas pequeñas, sin privacidad, sin comodidad, sin una habitación propia, solo cumpliendo con mi maternidad.

Un 31 de mayo me llamó mi abuela para felicitarme por mi cumpleaños de hacía cinco días y felicitarme por mi niña. Fué la última vez que escuché su voz, alcancé a decirle "Se llama igual que tu, abuelita" Al mes de esa llamada ella falleció. Curiosamente un 29 de junio, el día de San Pedro y San Pablo y digo curiosamente porque muchos 29 de junio me tocó pasarlos en su casa y ella lo mencionaba; "Hoy es día de San Pedro y San Pablo" como si fuera una premonición. Ella era una mujer algo esotérica, leía las cartas, tenía una mirada penetrante, a veces parecía que adivinaba lo que pensabas. Le encantaba tener su casa limpia, oliendo bonito, le encantaba la coquetería, siempre maquillada, perfumada y bien vestida, padecía algún tipo de esquizofrenia. A los casi 31 años de haberse ido de este mundo, la hecho de menos.

No fui a su cepelio, no había la manera.

A diferencia de mi abueno, yo a los 19, no tenía algo que me hiciera sentir coqueta, ni un bilet o un vestido lindo, ni tener la oportunidad de escoger las prendas que traía encima, no había zapatillas o un perfume. Solo ver el entorno y entender que yo no tenía ni un peso a la mitad. Para mis niños tampoco había mucho, sin embargo los cuidaba con tanto amor que no veía nada de eso en ellos. Para mi eran perfectos.

A los dos meses de fallecer mi abuela regresé a Guaymas, ya con mi familia, ya para que, pero fuimos. En ese tiempo me preocupaba que mi niño no caminara, ya tenia un año y cuatro meses. Solo la preocupación existía, pues no había información, ni educación, ni acceso a un buen servicio médico. Nos fuimos al mar sin mi Mary, que dejarmos encargada con mi mamá de las pocas veces que me apoyó con sus cuidados, cosa que tampoco quería, no le tenía confianza, mucho menos después de que le dejé un par de horas a Mely a sus cinco meses y la encontré con la mano pintada de un golpe en su piernita. Me quedé tranquila porque mi mamá no estaba sola, estaba una tía con ella y mi niña se había quedado dormida. 

En la playa empezó a caminar mi niño, me sentí la más feliz. Tomamos fotos del suceso. Ahora me veo en esas fotos, tan niña, tan delgadita, pero tan entregada a cuidarlos y ellos tan perfectos.

A los meses, una buena noticia, había una convocatoria para comprar una casa, fuimos, escogimos y resultó ser que la casa la cambió con su papá y nos fuimos a vivir a la que le había tocado a el señor. Nunca me consultó, no me tomó en cuenta, una señal más de que el no era el indicado. El día que me enteré ya no quería estar con el, la casa a donde nos iríamos a vivir era una broma del gobierno, demasiado pequeña, demasiado lejos, sin acceso a nada, sin privacidad.

Llegamos a esa casa a finales de noviembre, no nos quedaba más, era comparla e irnos a vivir ahí o quedarnos con su abuela. No teníamos más que una cama y la cuna donde dormían los tres niños, no cabía más en la habitación, no había espacio donde se pudiera uno sentar cómodamente, la casa no tenía cerco, ni nada que la protegiera, sentía a veces que era la casa de Dorothy en El Mago de Oz, desprotegida, flotando con nosotros dentro.

Ahi empezamos de cero, así se lo propuse al progenitor. Ser una familia, ser diferentes a nuestros padres, ponerla bonita, hacer habitaciones para los niños. Yo nunca le pedí mucho para mi, creí que el trabajando y yo siendo una buena ama de casa podíamos hacerlo. Pero era algo que soyo yo creía y quería. Y así pasaron los días, volviendo a lo mismo de siempre. Despedir al progenitor muy de mañana y no volver a verlo hasta muy noche, ya que mis niños dormían. 

Mis días eran sobrevivir, sola, con unos cuantos pesos en la bolsa, pidiendo fiado, solo preocupada por alimentar a mis niños, sin saber qué hacer porque estaba atada a ellos, tenía que cuidarlos. No quedaba más que ir con mis padres. Gravísimo error, yo no tenía que estar, ni que ir, pero no quedaba más, era eso o no comer, mis padres nos alimentaron mucho tiempo. Cuanto les agradezco a ellos abrirme la puerta de su casa, siempre.

viernes, 24 de abril de 2026

18, mayor de edad


 La vida pasaba entre pañales, biberones, ropa y cuatro paredes. Cuando todas mis amigas y excompañeras del colegio entraban a la universidad, yo era mamá de dos, yo era una mujer abandonada, golpeada, usada, deprimida, decepcionada y sola. Si, yo me lo busqué, por creer que la salvación de mi vida era con alguien más, por falta de guía, por falta de amor propio. Sin embargo asumía con maduréz mi profesión de madre.

Con mi bebé prematuro, me la pasaba hirviendo agua, esterilizando biberones, limpiando con esmero, evitando que entrara cualquier gérmen que lo pudiera enfermar. Sin embargo, el gérmen me habitaba; varicela. A solo un mes de haberlo tenido me llené de pápulas, salieron hasta por donde no da el sol. El miedo de contagiarlo lo convertía en Fe de que Dios no permitiría le pasara nada a mis niños, y así fue, ni una sola roncha, ni un solo síntoma.

Y los días pasaron, la vida seguía igual, mirando a través de los huecos de un papel que cubría la ventana la poca luz del sol. Cuando mi niño cumplió dos meses empezamos a salir, era justo y necesario que le diera el sol, lo llevabamos al parque, a la plaza, era yo tan delgadita, mucha gente se asombraba de verme con dos niños, pero esa era mi vida, aunque no fuera complentamente feliz.

En octubre me doy cuenta, nuevamente embarazada. Esta vez no me llegó la notica como cubetada de agua fría, lo asumí y llevé el embarazo más tranquilo, con más experiencia. Comí más sano que nunca, evité refrescos y todo lo que estuviera empacado, quería solo lo mejor para mi bebé. Estaba enfocada en mis niños, tratando de salir cada día adelante, con lo que hubiera, como pudiera. Me entretenía tomandoles fotos, para mi era un orgullo ser la mamá de esos pequeñitos, ver como crecían, como iban aprendiendo cosas y sacarles sonrisas con cualquier bobada mientras yo me moría por dentro. 

La ropita de mis niños, desgastada, puesta aunque no les quedara,  ya  no era útil para el bebé en camino, un 9 de mayo, con un poco de dinero en mano, fuimos a una tienda a buscar ofertas y ahí llegaron las contracciones, faltaba un mes para concluír el embarazo. El 11 de mayo a las 16:20 nació mi Marúa, mi Mary bonita. Pesó 2,800 gr y midió 49 cm. Para mi un logro que pesara 100 gr más que su hermana mayor. Pedí encarecidamente la salpingoclasia, la había pedido desde el nacimiento de Manuel, pero esta vez por ya tener los 18 y tres niños, la petición fue atendida. 

Nunca fui tan feliz como cuando mis tres niños eran pequeños. Las risas, los primeros pasos, cortar sus uñitas cada 15 días, los cuentos en la noche, las escondidas en el parque, las fotos. Eramos nosotros cuatro contra el mundo. El progenitor seguía igual, parecía un ser con fobia lumínica. Me acostumbré tanto a su ausencia que me llegaba a esrorbar su presencia.

jueves, 23 de abril de 2026

DIESICIETE AÑOS


1993, llegaron mis 17 años con una bebé en brazos, con una carga emocional bastante pesada. Muchas veces sola, esperando a que el progenitor llegara. Largas días, largas noches. Mientras todas las que habían sido mis amigas estaban escogiendo una carrera univeristaria yo no podía escoger siquiera estar cansada. La maternidad es compleja, la primera vez estamos a prueba y error y ser mamá adolescente sin una red de apoyo es realmente frustrante. Hoy volteo hacia atrás, veo a esa niña de 17 años y la admiro. Me gustaría decirle tantas cosas, pero lo que decidió hacer está bien, así tenía que ser.

Al poco tiempo de nacer mi niña, no teníamos ni para comer, no tuvimos más opción que vivir en casa de mis papás un tiempo. Apretujados en lo que fue mi habitación, con mi hermano en desacuerdo. Yo, viviendo frustrada porque no había nada que elegir, ni que hacer más que cuidar de mi bebé, no tener voz ni voto en la que hacía poco era mi casa, estar arrimada, dar molestias, esperar con ansias que el papá tuviera la solvencia para irnos.

Encontramos un departamento, algo sencillo en una vecindad, nada caro en realidad. Ilusionada en empezar de nuevo, con la idea de tener la familia perfecta, mientras subía y bajaba escalones a diario, lavar la ropa en la azotea, entretenerme viendo al techo, sin nada que ver, sin nada que leer o escribir, sin escuchar música. Me ahogaba el silencio y me frustraba ser solo útil para maternar. Recibiendo golpes y días enteros de abandono, llegando en las noches ebrio, sucio. Recibía sexo confundiendolo con el amor que esperaba, solo eran eso mis días. Despedirlo antes de las siete, recibirlo casi al día siguiente, nuevamente ebrio, sucio, a pedir lo de siempre.

Me sentía cada día más cansada, el aburrimiento durante el día me vencía en sueño y las noches en vela buscando una salida, una solución. Mi mamá nos prestó un televisor que de repente servía después de darle 20 golpes a la caja, el nunca tuvo la intención siquiera de buscar la forma de comprar uno, como nunca estaba en casa, no lo veía necesario.

En diciembre me di cuenta, estaba nuevamente embarazada, fuimos al médico, tenía casi cuatro meses. El enterarme me voló la cabeza, todo se volvería peor, una doble responsabilidad y sin nada que darles. Me daba vergüenza decirle a mis padres y cuando lo hice no dijeron nada, solo se encargaron de alimentarnos. A veces mi madre no estaba, pasaba largas temporadas con mis abuelos y nada más me quedaba que ir con los padres de el, a escuchar problemas ajenos, gritos, situaciones desagradables. Encontrarme con incomodidades. Solo me llenaba de ilusión sentir a mi bebé moverse, sus manitas recorrer mi vientre y decirle a mi niña que adentro de mi estaba un bebé, que iba a tener un hermanito, a su corto añito parecía entenderlo.

Un seis de abril cayendo la tarde, el progenitor había salido a jugar dominó, lo fui a buscar a la vuelta de la cuadra. "Siento el mismo dolor de la otra vez, llévame al médico" Esta vez reaccionó. Nos informaron de sufrimiento fetal, creo que le pasé todo mi dolor, creo que se sentía en alerta por todo lo que tenía que aguantar. En la madrugada decidieron llevarme a quirófano. No había ginecólogo, me operaron mal, me quedé dolorida, lo qué fisicamente me ha dolido más en toda la vida. El dolor de la cirugía era insoportable. Lloré toda la noche, incluso dormida, no imaginaba que venía algo peor.

En la mañana me informaron que era un niño, mientras tenía que recuperarme para ir a verlo. Habían pasado dos días y no me habían llevado a ver a mi niño, me parecía extraño hasta que me dijeron que algo no estaba bien. Cuando por fin lo pude ver se inactivó mi dolor físico, lo ví pequeñito, en una incubadora, respirando con dificultad. Pesaba 2,225 gr. y medía solo 43 cm. Su pecho se sumía en cada inspiración, era lo más frágil que había visto en la vida. La enfermera en turno me dijo que había tenido nueve paros respiratorios, lo bautizó con el nombre de Manuel de Jesús.

Me dieron de alta y me enfoqué en las breves visitas, 15-20 minutos al día. Lavaba mis pechos para poderlo alimentar, sin experiencia y sin red de apoyo la lactancia no se pudo concretar. Otra vez no podría amamantar, con mi niña fue imposible por una infección urinaria. Mientras Manuel estuvo ahí por las noches me sentía vacía imaginando el estaba solito en ese hospital, sin podernos tener cerca. Nos fuimos a buscar un respirador por recomendación médica. Fuimos a todos los hospitales de la ciudad, hasta que al último, al que yo ya no fui, a el le prestaron uno. Nos sentimos aliviados. Once días estuvo mi niño ahí, no necesitó el respirador. Una noche cuando fuimos a visitarlo acordamos primero pasaría el a verlo, una gran alegría cuando lo ví bajar con mi bebé en brazos. Aún recuerdo la felicidad de ese momento. "Mira mi niña, el es tu hermanito, se llama Manuel". El niño más frágil, el más fuerte también. Ahora no había nada más importante que cuidar de el.

miércoles, 22 de abril de 2026

Dulces 16


Había iniciado nuevamente tercer año de secundaria, ahora en una escuela pública. Otro ambiente, donde si tenía amigos. Lógico, chicos en un ambiente similar al mío, familas disfuncionales, hijos de madres solteras, criados por sus abuelas, con situaciones económicas complejas. No fui la chica popular, pero sentía que encajaba.

Vivía en un sueño rosa. Mi papá había aceptado el noviazgo, creyó que lo mejor era que me visitaran en casa. Terminé la secundaria y casi de inmediato me embaracé. Claro, era de esperarse. No sabía como manejar la situación. Mi mamá ya sospechaba y aun así decidió irse a casa de mis abuelos, quizás tenía miedo de enfrentar esa realidad. Pasé días pensando; ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo decirle a mis padres? ¿Qué iba a suceder? 

Hubo muchas señales de que no era el indicado, pero no las ví. Una de las más importantes es evadir la situación con mis papás. Nunca habló con ellos y su mejor plan para resolver esto fue abortar, cosa a la cual no accedí. No hubo siquiera intención de su parte de formalizar la relación, su mamá lo sugirió, pero no pasó de ahí. Nos fuimos a Guaymas. El no se que hizo esa madrugada, pero yo llegué a casa de mis abuelos y recibí una buena regañada por parte de mi mamá, quien estaba alertada por mi papá; no había llegado a dormir.

Una tía sugirió abortar, nuevamente me negué, mi abuela me apoyó. Regresé a los días a Obregón pero ya no a mi casa, sino a casa de sus papás, a iniciar una vida de señora a mis 16. Yo no estaba muy cómoda, lo único que me hacía sentirme bien era que había un pequeño ser dentro de mi. Ponía mis manos en el vientre, sentía como se movía. Disfruté la gravidéz.

Vivimos en varias partes en pocos meses, consecuencia de su poco compromiso, de mi inexperiencia también, por no saber huir, eso hubiese sido lo ideal. Muchas, muchas señales de que el no era el indicado y la peor ocurrió una tarde en la puerta de la casa, una cachetada frente a los vecinos, me quedé dentro varios días, me daba pena salir, como si yo fuera la culpable del peor delito. Lo perdoné.

Salí, mi papá me recibió de nuevo en su casa, y aunque a mi hermano le molestara mi presencia, había días que no me quedaba más, algo que después entendí no era bueno para nadie. Las aves no regresan al nido cuando saben volar. Y no, no sabía volar, pero yo había huído del nido.

Llegó el invierno, la navidad, mi vientre crecía. Renegaba por eso, no había ropa que se acomodara, yo solo tenía 16 años y aunque deseaba a mi bebé, aún era una niña. Lloraba, me frustraba por no hacer nada que me gustara. Y para colmo descubrí la gran mentira; el no era profesor como me había dicho, me engaño durante un año y medio. Lo perdoné.

Un 24 de marzo, sentada en casa de mis padres, llegó una señal, un dolor en mi cuerpo que nunca había sentido. Le rogué para que fuera por mi. Inmaduro, evitativo al compromiso, no ea el indicado. Llamé a casa de mis padres para avisarles me harían una cesárea. Contestó mi papá, me dijo que estaría pendiente. Al fondo se escucharon los gritos de mi madre "Ay como chinga, a qué hora se le ocurre" Después de lo vivido con el progenitor, ahora un golpe más al alma. ¿Cómo pude con todo eso?

 En la madrugada del 25 de marzo, nació Melina Alejandra pesando 2,225 gr., midiendo 51 cm. Mi primer amor, mi  primera experiencia como mamá. Ahora mi mundo eran cuatro paredes, constantes cambios de pañal, biberones, mucha ropa que lavar y la felicidad inventada de que yo tenía una familia, que aquí todo sería diferente.

martes, 21 de abril de 2026

Mis XV años


Nunca me llamó la atención tener una fiesta de quince años, mi papá me preguntó y yo le dije que no me interesaba.  Me había llevado con una modista a ver las telas y supongo se dió cuenta que nada era de mi agrado. Yo solo tenía experiencia con la fiesta de quince años de mi hermana, la cual se me hizo casi como lo que es un funeral, fue en la casa, sentados en la sala. No hubo misa, que en ese entonces se me hacía lo más importante. Mi tía Rosa nos llevó a la iglesia a dar gracias y de regreso a la casa. Ojalá ella se la haya pasado bien, pues fueron dos o tres amigas suyas. Eso si, me acuerdo bien del pastel con betún de mantequilla, estaba delicioso.

Y pues bien, a días de ese 26 de mayo de 1991, mi papá me llevó a una tienda departamental. "Escoge lo que más te guste, tengo para ti $10,000.00 ¡Un perfume, papá, quiero un perfume! La recomendación fue Laguna de Salvador Dalí. Hasta la fecha lo uso. Un par de blusones, y no se que cosas más al mero estilo de Tatiana que era de mis artistas favoritas de esa época.

En ese entonces yo tenía novio. Quizás el primer muchacho del que me enamoré de verdad. Me encantaba su trato, me hacía sentir bien. Justo el día de mi cumpleaños, mi tía Chalita (que pues obvio no fue, porque familia de mi papá) envió un pastel a la casa, mi papá llevó refrescos y me dijo: Invita a tus amigos. Llegó mi abuelito, mi tía Rosa y mi prima Rossy. No invitamos a mi tía Josefina ni a nadie de su casa, en ese tiempo no la estaban pasando bien. Empezamos a quitar las telarañas, literalmente. Dejamos lo mejor que se pudo la casa. Tomé la bocina del teléfono para invitar a mi novio, alguien contestó. A lo lejos escuché su voz en un grito "No voy a contestarle" Me dijeron que no estaba. Colgué, cerré los ojos, pensé que quizás había escuchado mal. Fui a buscarlo, vivía cerca, nadie abrió. Llegó un amigo, me dijo que necesitaba hablar conmigo. El no va a venir, el ya no quiere andar contigo. Lloré, lloré como una loca, porque de verdad yo le quería, porque yo me sentía bien a su lado. Me tomó los hombros y con su mirada entendí. Me limpié las lágrimas y traté de pasarla bien.

Ni una foto hay del suceso, mis papás ni siquiera estuvieron presentes. Pastel y refrescos, platicas, risas...Ya al final, un par de muchachos que tocaban la guitarra, mi abuelito escuchando. Cuanto lamento no tener ni una foto de ese momento. 

Después de ese día, todo mermó en mi, se me quitaron las ganas de comer, de ir a la escuela. Tan así que hablé con mi papá, ya no quería ir a esa escuela, el accedió. No lucho, no me persuadió, solo puso como condición no pagarme el siguiente ciclo escolar y que me dedicara a ayudarle a mi mamá en la casa, y pues como eso siempre lo hacía, me enfoqué en la iglesia. Pronto llegó un novio nuevo, luego otro y luego otro. Ese último era alguien que simplemente supo aprovechar el entorno donde no había nadie a mi alrededor, seis años mayor que yo, sabía bien lo que quería.

Una tarde, quedamos de vernos en la esquina, no entiendo hoy ni como me convenció ni qué razón hubo para vernos. Mi papá salió a buscarme porque de pronto yo desaparecí de casa. Me subió al carro y al llegar a casa recibí la peor golpiza de mi vida. Como odio recordar ese día, cuanto me lastimó el cuerpo y el alma. Lo odié y esa fue la oportunidad de mi mamá para hacerme a su lado. Y lo peor que pudo pasarme para odiarlo más fue haber golpeado a mi mamá a los días. No se como obtuve fuerzas, lo separé de ella, le dije que era la última vez que golpeaba a mi madre, espero haya sido así. Lo amenacé con denunciarlo. Era un ser vil, malévolo y toda su familia así era. Ahora me veía a escondidas con ese novio, mi mamá estaba de acuerdo, hasta íbamos a su casa. A los pocos meses fue mi primera vez, una primera vez donde yo toqué el botón de mi pantalón y el aprovechó la ocasión. No me di cuenta, todo fue confuro. Ahora entiendo se aprovechó de mi, ahora entiendo era un delito, pero el romantizó todo para que estuviera a su lado. Hoy no veo sentido en nada de eso, es como si mis papás deseaban que me fuera, como si les estorbaba mi existencia. No tardó en volverse su deseo realidad.

lunes, 20 de abril de 2026

LOS CATORCE AÑOS


A mis 14 años salí de segundo de secundaria. Las tardes largas en casa, viendo la televisión, leyendo la revista notitas musicales, escuchando la radio, sonaban Soda Stereo, Miguel Mateos, Los Enanitos Verdes, Yuri con su muy sonado El Apagón, Chayanne, Timbiriche, Caifanes y Caló. En televisión la telenovela juvenil Alcanzar una Estrella. Ay, me encantaba ver esa telenovela, me encantaba la pareja de pantalla; Ricky Martin y Sasha.

Una de las tantas tardes sentada en el porche de la casa, mientras mi mamá regaba sus plantas, pasó una vecina con su hija, era un año menor que yo. Nos presentaron y me invitaron a cantar al coro de la iglesia, una iglesia que no estaba en mi colonia, ni estaba cerca de mi casa. Cpnocí a muchos jóvenes de mi edad, personas que se quedaron para siempre en mi corazón, ahí viven aún, a pesar del tiempo y la distancia. Empezando por Verónica, quien me invitó a cantar al coro. Rubén, Ana, Karina, Ramsés, Rafael (Beco), José Ángel (Jojo) y tantos más que nunca olvidaré.

El ambiente del coro de la iglesia me había envuelto, ahí me sentía cómoda, todos me hablaban, no había alguien que me hiciera menos como en la escuela, y el ambiente era mucho mejor que estar en casa. Días de ensayo, los domingos cantábamos en la misa. Mis papás nunca fueron a un ensayo siquiera, no conocieron la iglesia en ese tiempo, jamás fueron a llevarme o se tomaron el tiempo para ir por mi. No se qué hacían mientras yo me iba con los compañeros del coro, ni ellos tenían clara idea de que hacía yo, pero me soltaron, me dejaron sola, sin más. 

El tema de salir del ambiente, es tener siempre a los padres presentes y eso fue lo que faltó en mi caso. Mis papás seguían en su mundo, mientras yo empecé a convivir con mucha gente. No por estar en la iglesia, significaba que todo estaba bien, sobretodo a la edad de 14 años. Obvio, me gustaban algunos chicos y claro que yo le gusté a varios y por ello, esta época, fue un parte aguas en mi vida. Novios, muchos novios, Primero fue Manuel, después Guillermo, luego Agustín. A todos ahí los conocí.

El coro pasó a ser mi hogar, los compañeros mi familia. Fue ese año que nos invitaron a un Encuentro de Jóvenes en San Luis Rio Colorado. Sin mucho problema me dieron permiso, ni siquiera me fueron a dejar, me fui sola hasta la iglesia. ¿Qué pasaba con mis papás? No se, solo entiendo que sus problemas eran tan fuertes que simplemente se sentían seguros que yo estuviera en la iglesia. Y yo en un corto tiempo tuve varios novios, cosa que no estuvo bien y nunca nadie me lo dijo.

No era raro que mis papás se comportaran así, alguna vez llegó una visita a casa y ellos se fueron a tomar una siesta mientras esa persona me tocó. Nunca lo supieron, ni tampoco de un médico que me auscultó y me tocó los pechos mientras se exitaba. Demasiada confianza, poco interés...

domingo, 19 de abril de 2026

SI YO TUVIERA 13


 Contrario a la película estadounidense, donde Jenna de 13 años, desea tanto tener 30, hasta que un día despierta en su yo del futuro, así he deseado despertar a mis 13. Pero como dice el autor japonés Toshikazu Kawaguchi; viajar al pasado no cambiará el presente. Sin embargo, como deseo estar frente a mi yo de 13 años para decirle lo maravillosa que es y lo que puede lograr si se lo propone.

Llegamos a una nueva casa, más pequeña que la anterior, donde salió el peor lado de mi mamá. Aunque dejó de golpearme, no paraba de humillarme frente a mi hermano, haciendo que el me viera como una tonta, rompiendo lo que pudo ser un lazo de apoyo y compañía para siempre. Mi papá se tornó más violento, sus problemas me afectaban, yo ya no deseaba estar ahí, ni en esa escuela. Su trabajo lo tenía ahorcado, cada quincena era un "ya me van a correr, el banco está en quiebra". Yo quería trabajar, ganar mi dinero, tener la posibilidad de comprarme mis cosas, muchas niñas lo hacían en aquel tiempo. Mi mamá solo se limitaba a decirme que no, que yo era hija de un licenciado y que no me iba a exhibir trabajando.

Mis días pasaban de largo, escuchando música, en la radio sonaban La Incondicional, La Chica de Humo, Oh Mamá y Cuéntame, me la pasaba acomodando mi cuarto, queriendo tener un ambiente mejor, soñando. Pronto empecé a salir, a conocer a los vecinos. Me invitaban a sus casas, a mi me daba pena invitarlos a la mía, siempre sucia, con todo amontonado, mi mamá desaliñada, gritando.

Y en ese ambiente continuaron mis días, medio me fui adaptando a la nueva escuela, al camino de ida y vuelta, De pronto, sin saber el momento exacto, surgió una relación de complicidad con mi mamá, quiero creer que Dios intervino. Hubieron momentos muy bonitos a su lado, me sentía tan plena en esa comunión con mi mamá, frecuentemente ibamos por las tardes a casa de mi tía Josefina, hermana de mi papá. Era ahí donde podía sentirme un poco feliz, jugar con mi sobrina Yessika, quien es un año menor, mi mamá se sentía agusto, supongo, aunque era mucho criticar, mucho hablar mal de los demás y eso no estaba bien.  Un 09 de mayo de 1989, regresando de visitar a mi tía Josefina pasé por una banqueta, una señora regando sus rosales, le pedí una flor para mi mamá porque no tenía que regalarle el día de las madres, ella me hizo un ramo. Llegué a casa, le gustaron tanto, las colocó en un cuadro de Jesús. Creo es lo más bonito con ella a mis 13 años.


DOCE


Llegaron los doce, llegó la mudanza y llegamos a Cd. Obregón a vivir a casa de mi tía Chalita. Me inscribieron en un colegio donde cursaría el sexto año de primaria, el instituto era algo distinto, ahí las maestras eran monjas, solo habíamos mujeres.

Mi mamá no soportó estar en casa de mi tía y se fue a Guaymas, me dejó con mi papá. Con mi tía vivía mi prima Gracia, de la edad de mi hermano. La situación no era agradable, tanto hablarnos mal de la familia de mi papá hacia que no hubiera la suficiente confianza. Todo eso hacia que mi mente divagara en la hora de clases y perdiera lo poco que quedaba de aquella buena alumna.

Pensando en que lo mejor era que estuviéramos juntos, mi papá rentó una casa, mi mamá regresó. Volvieron los gritos, las discusiones, los golpes. Nunca he olvidado como mi mamá perdió el control una tarde y no paraba de gritar "quiero mi casa, quiero mi casa, quiero mi casa..." Eran situaciones que hoy se que eran extremas, no merecíamos vivirlas, nadie nunca vio la necesidad de tratar a mi mamá, estaba enferma. 

Entiendo que su desequilibrio mental hacia también que su glucosa se disparara. La Vi en varias ocasiones internada, pero nunca le creí sus jadeos y quejas, siempre pensé y sigo pensando hasta hoy, lo hacía para no hacer nada, para hacer lo único que le gustaba, estar acostada.

Y así, desatendida, asistía a clases, porque a los 12 años aunque ya no necesites ayuda si requieres supervisión y nadie lo hacía. El uniforme arrugado, la mochila sucia, el cabello sin peinar, todo dio pie para ser la apestada, a la que hacían a un lado, a nadie le importó yo fuera la nueva, yo era la sucia.

Y así pasaron semanas y meses, fuimos a ver casas, hasta que por fin hubo una casa que nos gustó y fue ahí donde como familia nos asentamos, dónde nunca más tuvimos lo que en Caborca. Mi hermano siempre extrañó a sus amigos, a pesar de que hizo muchos nuevos y lo buscarán decenas de muchachos por la casa, dejó, dejamos el mundo que conocíamos.

La Navidad volvió a llegar y ya no me sentía cómoda de ir con mis abuelos, sentía lástima de dejar a mi papá en casa, solo. Ni siquiera sentía la necesidad de estar con mi hermana. No quería estar sola con mi mamá y con mi hermano. Seguimos viajando a Guaymas, a casa de los abuelos en casa oportunidad.

 Los doce se repitieron dos veces más. Parece una maldición.

viernes, 17 de abril de 2026

ONCE


Mis once años, una etapa triste, difícil, duele recordarla. Mi papá tomó la decisión de regresar a Cd. Obregón, pidió su cambio. Mi mamá no quería regresar, ni siquiera porque estaría más cerca de sus papás. Entendí después que Caborca, se había convertido en su lugar seguro, a pesar de esa distancia, de los malos tratos, de estar deprimida.

Mi mamá cada vez era más dura conmigo. Yo me sentía continuamente ofuscada por como vivíamos, entre polvo, cúmulos de cosas, cerros de ropa. Me empecé a hacer cargo de la casa a la vez que iba a la escuela. Mi papá se fue a Cd. Obregón y a los meses mi hermano para que terminara el primer año de preparatoria mientras yo terminaba el quinto año de primaria. Un infierno habernos quedado solas. Pasaban días sin un plato de comida en casa, golpes por cualquier cosa, noches enteras de dormirme a las tres de la mañana viendo en televisión cosas no aptas para una niña de once años. Hubo un día que no soporté más, tomé el teléfono para marcarle a mi papá, ojalá nunca hubiera levantado la bocina, jamás volví siquiera a intentarlo, ella era más fuerte que yo, ella no me dejaría nunca decirle que tenía mis piernas marcadas, nunca pude llamarle implorando auxilio, recibía cartas donde me aconsejaba, pero me hacía falta. Nunca supo esto.

Llegó el invierno, luego Navidad, volver a casa de los abuelos, esos ecos de felicidad que en realidad era ser infeliz en otro lugar, Adriana y Rossy, mis compañeras, lo único bueno que yo tenía. Los temas entre mis padres eran tal que ya mi papá se incomodaba de ir a casa de mis abuelos. Regresar de nuevo, a ese ambiente hostil, volver a casa porque así tenía que ser, volver a la escuela donde no encajaba ya con nadie, donde me ausentaba por semanas, donde empecé a ser vícitima de burlas. Una tarde, tomé un frasco, siete aspirinas quedaban, pero no pasó nada. ¿Cómo se puede estar tan deprimido a los once años? Hoy veo atrás y entiendo perfectamente a esos pequeñitos que atentan con su vida, sin amor, nada vale la pena a los once años.

Los días se hacían eternos y aún así llegó la primavera, con ella la primera menstruación, con ella el primer momento que como mujer necesité a mi mamá y recuerdo lo hizo más por obligación que por otra cosa, porque no le quedó de otra o qué se yo. Era una semana santa, estabamos en casa de mis abuelos. Faltaban pocas semanas para terminar el colegio, tomé la iniciativa de empacar para la mudanza, sentía que irnos de ahí nos llevaría a una nueva vida.

jueves, 16 de abril de 2026

10, México 86

 


En 1986 se celebró el mundial de futbol soccer en México. En todos lados se escuchaba: "México 86, México 86, el mundo unido por un balón" A pesar de que hacía unos meses había pasado el temblor que sacudió a muchos estados del país, había entusiasmo por este tipo de eventos y presupuesto público para las obras que mejorarían la infraestructura para el turismo.

La situación en casa se volvía cada vez peor, para mi madre yo era lo peor que pudo haberle pasado y un ojalá no hubieras nacido nunca, de su boca, lo peor que pudo pasarme a mi. Los pleitos entre mis padres, sumado a que mi mamá me hacía ver como una tonta ante mi hermano eran mis llantos a solas. Le pedía a Dios piedad, le rogaba que bajara, que me abrazara. Iba todos los domingos a misa, mi papá, ahora si que religiosamente me llevaba, me decía que al momento de la consagración, cuando el sacerdote tomaba la hostia con sus manos y la elevaba, ese era el momento cumbre de la misa, ahí estaba Dios, presente, omnipotente. "Ahí, niña, ahí es donde debes pedir" Dios mío, te pido por mi mamá, perdonala. Esa fue siempre mi plegaria.

Todo lo que viniera de la familia de mi papá era prohibido para mi. Hubo ropa que me mandaron, quizás juguetes que nunca vi. Ahora que recuerdo, cuando vivíamos en la calle Veracruz, a mis 3 años, mi tía Chalita, me había regalado un perro de peluche color rosa, grande, siempre lo tenía en un sillón y un día de la nada, mi mamá se lo regaló a la hija de la vecina, diciendo que a mi no me gustaba. En fin, viniendo de ellos se iba a la basura. Y así, lejos, con la idea de que ellos eran malos, crecí. Por ello no disfruté los últimos años de mi abuelita Celia, no tuve relación con mis tíos y primos por mucho tiempo.

Mi papá se limitaba a decirme, no eres una hija mala, solo es que tu mamá no te comprende y un día lo vas a comprender. El trato que me daba mi mamá, rebasaba los problemas que había entre ellos, empeorando las cosas. En casa de los abuelos las cosas se tornaban parecidas a la casa y a pesar de Adriana no era un buen sitio, ella también sufría ahí. Anhelaba irme a Guaymas, rogaba por ser internada en la escuela donde estudiaba mi hermana, solo quería estar con ella.

miércoles, 15 de abril de 2026

Las nueve primaveras


1985, una época marcada por la cultura pop, la rebeldía del metal y los desastres naturales. Las mallas y los blusones, los accesorios en colores fosforescentes, los copetes elevados con crepé y spray. La juventud impuso y la decada de los 80s para mi tiene un parteaguas en 1985, cuando tenía solo nueve años. 

Por alguna razón me sentía más cómoda platicando con los niños, las niñas me habían relegado de su grupo y encontré con ellos el tema de conversación, el compartir un rato en el recreo. Me hice amiga de Germán, Roberto, Abraham y fui varias veces reprendida por platicar en clases. Ay, como me divertían las bobadas de los varones, eran más simples, más relajados y eso me ayudaba a olvidar el fastidio de los gritos en casa, de ese ambiente hostil en que se estaba convirtiendo lo que debió ser un lugar seguro.

Las vacaciones de verano en casa de mis abuelos, con mi hermana, mis primos. Ya podíamos participar un poco en las conversaciones de adultos, las cuales solían ser incomprensibles a veces y optabamos por sentirnos estrellas del pop, imitando las coreografías de los grupos de moda. Salir por la tarde a asaltar a mi abuelo para comprar una nieve, ayudar en casa, cosa que nunca era suficiente, siempre había algo que hacer, poco el tiempo para la diversión, pero lo inventabamos.

La pubertad se asomaba y yo ni cuenta me había dado, mi papá fue quien me dió la órden de no volver a dormir con ellos, porque desde que nos mudamos a Caborca lo hacía noche tras noche, amaneciendo tirada entre las dos camas individuales que formaban una king size. En septiembre de ese año, un fuerte terremoto sacudió varias zonas de México, a escasos días de haber iniciado mi cuarto año de primaria.  Ay, ese 1985 añorado...

martes, 14 de abril de 2026

Ocho años


Un nuevo año, de nueva cuenta en casa de mis abuelos a pasar las fiestas decembrinas. En mi memoria aun está el regalo de navidad; una pulsera de oro. Mi abuelo salió a defenderme. Abundio, ¿Cómo se le ocurre regalarle eso a la niña? Ellos a esa edad quieren jugar, divertirse. Me tomó de la mano y me llevó a escoger lo que yo quería a una juguetería. Escogí algo sencillo. Me sentí la persona más protegida y amada del mundo, mi abuelo fue mi superhéroe, ahora yo tenía un juguete igual que mis primos, aún regresando a Caborca, lo seguí disfrutando. Gracias, abuelito hermoso.

El nuevo año inició con clases de catesismo en el colegio, nos preparaban para la primera comunión. Aprenderse todo sin tener conciencia de lo que significa, ir a confesarse siendo un niño, haciéndote sentir culpable de algo que no sabes siquiera que es. Cosas que cuestiono de la iglesia católica. También acudía a clases de danza, algo que me había llamado la atención desde muy pequeña, solo que jamás fui lo suficientemente flexible para el split y deserté.

Terminé ese año con un diploma por desempeño, un segundo lugar, el primero que gané y el único. Hice mi primera comunión un dos de junio de 1984, mi madrina fue mi tía María del Rosario, mi tía Chalita. Me festajaron en la casa con un pastel y refrescos, fueron mis abuelos y Adriana a celebrar. Para mi mamá todo estuvo mal, un vestido con tela chafa, que mi papá no me había comprado los zapatos, hasta la foto donde salíamos mis abuelos, Adriana, mi tía y yo fue partida a la mitad, borrando para siempre el recuerdo que era mío, que no le correspondía.  Llegaron las vacaciones de verano, otra vez a casa de los abuelos, donde siempre eran quejas entre mi mamá y mi abuelo. "Tu mamá malcría mucho a Adriana" "Esa niña es una grosera, no la tolero" Yo no entendía, solo quería estar con mi hermana, aunque mi mamá me repetía una y otra vez que solo era mi prima y no hacía más que criticarla, de burlarse de su físico.

El regreso a clases, nuevamente al colegio anterior, lo que había conseguido en el colegio Dom Bosco, allá se quedó. Ahora volvía a donde había aprendido a sentirme cohibida, ya las amigas habían cambiado y yo también, ya había pasado un año, ya habíamos crecido y aprendido muchas cosas. Yo me fui ese año y otras niñas llegaron, yo perdí a mis amigas. La vida en casa se volvía más tediosa, los pleitos entre mis papás, se desquitaban con nosotros, gritos, malos tratos, así que me sentaba bien eso de ir de doble turno a clases.


lunes, 13 de abril de 2026

El séptimo año de vida.


1983, seguía en primer año de primaria, la vergüenza se apoderaba de mi, mi maestra sabía que yo era una mala hija. Para colmo, a la directora se le ocurrió la maravillosa idea de informarnos en un lunes cívico de que tenía una poderosa e inovadora cámara en la casa de cada alumno, por ahí nos veía desde la comodidad de su hogar. A la par, mi maestra nos comentaba en clase que a ella le molestaban los niños que se portaban mal con su mamá, mencionaba todo lo que mi mamá le contaba sobre mí. Parece mentira, pero a los siete años (sobretodo en aquellas épocas), uno todo se cree y me fui convirtiendo poco a poco en todo lo contrario de aquella buena y destacada alumna. 

Hubo algo que jamás olvidaré, un gesto distinto de mi mamá. Ella siempre festejó mi cumpleaños, siempre en junio ya que salíamos de vacaciones y estabamos en Guaymas. Esta vez decidió festejarme en el colegio. Fue un día después de mi cumpleaños, llevó pastel y refrescos. Gracias mamita, no he olvidado ese día. Se que hacías todos los días un esfuerzo para estar bien.

En ese año era todo un furor un nuevo grupo juvenil de Puerto Rico llamado Menudo, su éxito era tal que sin yo haberlos escuchado antes, a mi papá le recomendaron el disco y me lo compró. Por las tardes era feliz poniendo el disco de acetato: 🎶🎶Súbete a mi moto, nunca has conocido un amor tan veloz🎶🎶 Escuchaba la música que le gustaba a mi papá; Mocedades, José Luis Perales, Sergio y Estébaliz, Trigo Limpio, Alberto Cortéz y en especial escuchaba un cassette que mi papá había comprado por contener El Himno a la Alegría, también venía una canción que considero, fue la primera canción de Rock que escuché, esta se llamaba "Bienvenidos". A mis siete años, nunca imaginé que esa canción a muchos kilómetros de mi, alguien también la escuchaba con la misma emoción.

Poco a poco fui adquiriendo un caracter cohibido, perdí el interés por las amistades que había hecho en la escuela, no se si la situación en casa, si todo lo que mi mamá platicaba sobre mi a la maestra, no se que fue. Mi lugar seguro era ir a casa de mis abuelos maternos, jugar con mis primos, en especial con la que siempre ha sido una hermana; Adriana. Las tardes que llegaba mi tía Rosa con mi prima Rossy, mi tía Lupe con Alejandro "el güero" y Paty, sentarnos a ver televisión y escuchar los éxitos del momento, Rocío Dúrcal, Juan Gabriel, Emmanuel, José José y un jovencito llamado Luis Miguel con su éxito 1+1= 2 enamorados, el programa Juguemos a Cantar.

Ese año, el mes de julio falleció mi abuela partena. Poco traté a mi abuelita Celia, era una mujer muy de su hogar, hecha a la antigua. No estaba muy mayor, pero padecía de sus facultades. La encontraron sumergida en un canal de riego, casi irreconocible, una cicatríz en la muñeca hizo que Óscar Ulloa, médico y amigo de la familia pudiera reconocer el cuerpo. Mi papá viajó a Ciudad Obregón con mi hermano, acompañados de Federico "Lico" Cota, quien vivía en ese tiempo en Caborca. Nunca había visto llorar a mi papá, pocas veces lo hizo.

Mi segundo año de primaria inició en otra escuela, a mi mamá le gustó el uniforme del colegio Don Bosco y se le hizo buena idea cambiarme. Todo era nuevo para mi, nueva escuela, nuevos compañeros. Lo padre era salir e irme a la oficina donde trabajaba mi papá. Aprendí el asdfg ñlkjh de mecanografía, las secretarias del banco me ponían a practicar, también a limpiar las hojas de sus plantas para que lucieran brillantes. Vagamente las recuerdo, a una de ellas en especial, Glenda, que de repente nos visitba en casa, nunca olvidaré un osito de peluche que me obsequió, los duraznos que nos regalaba del huerto de su mamá y una mermelada de fresa deliciosa.

Creo nunca me sentí del todo bien en ese nuevo colegio, pero a pesar de ello volví a destacar academicamente

domingo, 12 de abril de 2026

Cuando se tienen seis años


Recapitulando un poco, solo un poco, porque los recuerdos son muchos y no terminaría nunca de escribir lo que he vivido este medio siglo de vida. De los seis años, recuerdo con mucho cariño cuando terminé el parvulitos, hacían pocas semanas de haber cumplido los seis, teníamos ya un año viviendo en Caborca. Hace poco encontré entre las fotos viejas, aquella donde aparece mi maestra Olga, quien lloró mucho ese día y en la foto aparecen sus hermosos ojos claros vidriosos por la emoción del fin de cursos. Vagamente recuerdo que había una maestra de apoyo. En la foto aparezco con el cabello corto y la maestra Bertha Burrola Morales, entregandome el certificado, la mamá de mi amiguita Judith al fondo.

Me acuerdo que en esa ocasión mi mamá asistió, cosa que hacía muy poco, realmente era mi papá quien se hacía cargo de la escuela y las vueltas que había que dar. Muchas compañeras me preguntaban si ella era mi mamá, les dije que si. Ellas solo decían "Qué bonita tu mamá, María" Yo me sentía orgullosa. Y volviendo a mi cabello corto, tenía poco de haber perdido mi melena. Sin motivo que yo recuerde, mi mamá me llevó a una estética, donde un muchacho me sentó y empezó a cortar. Solo veía mis mechones, aquellos que mi mamá con facilidad los convertía en caireles como los de Graciela Mauri en Mundo de Juguete, le pedía por las tardes que me peinara así. Quizás tuve piojos o se cansó de estarme peinando. Me sentía abrumada, ¿Cómo iba a presentarme así al colegio?, al día siguiente no fui, solo recuerdo que en la noche me acosté llorando, preguntándole a mi mamá si me iba a crecer pronto. Esa noche soñé que me había despertado con el cabello largo, que Diosito se había compadecido de mi.

Después llegaron las vacaciones y nos fuimos a visitar a los abuelos, duramos un par de meses con ellos. Recuerdo que mi abuelito me empezó a decir "la pelona" ay abuelito, si hubieras sabido lo mal que me hacía sentir, de ahí todos empezaron con lo que para mi era una burla. Qué delicados somos a esa edad, susceptibles. Para algunos puede ser una tontería, pero para quien lo resiente, llega a ser algo que no se olvida.

Las vacaciones terminaron y mi papá regresó por nosotros, nos recogió en su Ford Fairmont 1981 que había comprado hacía un año. Me acuerdo que el vecino siempre le halagaba el carro, le preguntaba a qué velocidad manejaba en carretera, entre 80 y 120 km/hr le respondía. Mi papá siempre fue mesurado para manejar. Recuerdo tanto a esos vecinos, era un matrimonio con dos hijos un poco más grandes que mi hermano. Cuidaban de un señor mayor, supongo el papá de la señora. Yo me sentaba en las tardes con el, recordando las tardes que pasaba con mi abuelito, lo sentía como eso, un abuelito, hasta que me pidió tocarlo, me negué, le contesté que eso no se hacía, que mi mamá me regañaría. Entiendo que mi mamá ya me había advertido como cuidarme. A los días el señor falleció, recuerdo mis papás lo platicaron con precaución de que yo no escuchara, pues decían me iba a dar tristeza, "No, no hay que decirle". La realidad, yo ya percibía el señor era una mala persona y no sentí absolutamente nada por su deceso. Repito nuevamente, qué delicados somos a esa edad, susceptibles. 

Regresé a clases, mi hermano ahora iba a secundaria y yo iniciaba mi primer año en primaria. Ahora me daba clases otra maestra, Ana María, seguía siendo una buena alumna, destacada, pero a veces pasan cosas, no entiendo el porqué. Mi mamá inició una amistad con ella, entre sus conversaciones eran quejas sobre mi, no entendía qué ocurría, no lo entiendo hoy todavía. Lo unico que quiero entender, mi mamá desquitaba conmigo su infelicidad, sus sinsabores, quiero creer lo hizo inconsientemente. Yo era una niña mala, así lo hacía ver hacia los demás y yo me la creí muchas veces, algo no estaba bien conmigo, no le hacia caso, quería las cosas al momento, hacía cosas que no me correspondían, mi mamá estaba cambiando, lamentablemente para mal. Mi papá la golpeaba, los gritos en casa se convetían en el pan de cada día. Ella le gritaba cosas que dolían. Toda la familia de mi papá eran malos, el era un pendejo, un inútil.

Pero sabes, María, mi niña de seis años. Eres una niña buena, te lo aseguro, solo que en el mundo de los adultos hay cosas que no se comprenden, cosas que no deberían pasar, pero pasan y nada de lo que ocure es tu responsabilidad. Eres un ser lleno de amor, María, tienes tanto que dar y tarde que temprano todo ese amor lo vas a recibir.

Mis cinco


Mis cinco años. Antes de entrar a la escuela ya tenía noción lectoescritora, me acercaba a mi hermano cuando hacía sus tareas. Por las tardes nos entretenía el televisor con el programa "La canica azul" o nos salíamos al patio a meternos en tinas de agua para mitigar el calor. Justo a unas semanas de haber cumplido los cinco años, dejábamos el que era nuestro hogar sobre la calle Veracruz, se quedaban atrás hermosos recuerdos. Dejamos a nuestra tortuga, según mi mamá no la pudo encontrar y nos subimos a un taxi, con nuestras maletas y a mi gatita Kitty en una caja. 

Mi papá tenía un nuevo puesto, era en otra ciudad, allá yo entraría a un jardín de niños, nos iba a ir mejor. Ya por fin tendríamos casa, papá se había adelantado, allá nos esperaba.

Llegamos a la central de autobuses, tres pasajeros, un adulto y dos niños hacia Caborca. No había jamás escuchado que existiera esa ciudad. Mi mamá decía que era un rancho, cualquier pueblito en medio del camino mi hermano a modo de burla decía que ya habiamos llegado. Recuerdo ya era de noche, la carretera en ese tiempo eran dos carriles, uno de ida y otro de vuelta. Por fin, unas luces después de horas de camino. El chófer avisa; "hemos llegado a Caborca".

Recuerdo ver la central de autobuses, no ha cambiado mucho, todo al rededor de ahí sigue parecido a ese junio de 1981. Llegó mi papá por nosotros. Caborca nos daría mucho.

En septiembre por fin, mi sueño hecho realidad, entraría a la escuela, ahí se llama Parvulitos. Instituto profesor Adalberto Sotelo, mi maestra Olga María Noriega. Muchos niños, me sentía feliz entre los llantos de los demás. ¡Qué linda, ella no llora como los demás porque se fue su papá! No, no había caído en cuenta que me quedaría sola, era la primera vez que estaba con desconocidos. Supongo la maestra se arrepintió de habermelo dicho.

Cuántas cosas se vienen a mi mente mientras escribo, ese entrañable 1981, esa mañana de septiembre, aún veo a lo lejos a mi papá yéndose del colegio, dejándome sola. No te vayas papacito, no me dejes aquí sola.  Hoy ya no volverás por mi, papito.

Era muy bonito ir a la escuela, mañana y tarde, así era el sistema escolar. Me recuerdo siempre buena alumna, inteligente. Ahí empecé a hacer mis primeros amigos, Finita, Judith, Silvia Cristina. Recuerdo al señor de la tienda escolar, un hombre joven, muy delgado, si mal no recuerdo se llamaba Francisco o quizás le decíamos Fito, algo así. En el recreo salir a comprarle fritos azteca y un vaso de Pepsi.

Aún recuerdo mi uniforme, la playera con cuello azul y dos líneas y mis zapatos negros de suela de goma, esos le gustaban a mis papás. Nos sentaba bien el cambio, muchos años después entendí la razón, sin embargo todo se volvería distinto.

viernes, 10 de abril de 2026

Cuatro años


1980, esa época que muchos recuerdamos con nostalgia. El pop desplazaba a las baladas, el furor por Star Wars iniciaba, la tecnología avanzaba de una forma más acelerada. Yo tenía cuatro añitos. Recuerdo, mi mamá me festejaba los cumpleaños en Guaymas, en casa de mis abuelos, aompañada de mis primos. Ponían sobre la mesa un pastel y refrescos para compartir. Nunca olvidaré un pastel que mi mamá decoró con unos muñequitos de un libro escolar. Era una mujer creativa.

Me encantaba jugar con mis primos, a los cuatro años mi papá nos compró patines, todos los primos teníamos patines, patinabamos dentro del porche de los abuelos, lo hacía muy bien, me sentía segura. Es una lástima haya perdido el interés por el patinaje. Años después, como a los 27, cuando a mis hijos les amanecieron patines, intenté patinar y me caí. Ahora sería un poco más complejo, me da bastante miedo intentarlo a esta edad.

¿Cómo y en qué momento deja uno de lado las cosas que le hacen feliz? Porque yo era feliz patinando, y fui feliz tejiendo y tocando la flauta y haciendo pastiches de las canciones de moda. ¿Qué nos distrae? ¿Qué hizo falta para no dejarlo? No hace mucho pensé en comprarme unos patines, pero ese miedo de caerme, no me permite siquiera intentarlo. ¿Y si terminan arrumbados como tantas cosas? ¿Y si ocurre un accidente? Es una lástima no tenga una foto con mis patines, por eso ahora me gusta tomar fotos de todo, de todos, con todos.

jueves, 9 de abril de 2026

Tres años tenía la niña


 Era 1979, nos mudamos a un departamento sobre la calle Veracruz casi esquina con Nainari. Tengo tan presente el jardín de niños América que estaba a una cuadra, deseaba estar ahí, ser como mi hermano, ser grande. En la otra esquina, la florería Karina; Calle Nainari esquina con Chihuahua. Sobre la calle Morelos, un abarrotes. Recuerdo una vez en esa tienda de abarrotes, llegué y agarré unas papas de bolsa, mi mamá quizás no traía dinero o no quería comprar simplemente, pero yo ya las había abierto. Me las pidió y las colocó en el exhibidor. Pobre señora, tuvo una pérdida y cada que paso por ahí me da el remordimiento. 😂😂😂

Ahí en ese departamento se quedaron tantos recuerdos, buenos y malos. La casa tenía un ventanal grande, me gustaba. En algún momento tuvimos unos vecinos, creo ellos tenían una niña de mi edad, eso recuerdo. La señora se llamaba Lupita Cornejo, ¡Qué memoria la mía! Mi papá nos llevaba a cenar a la taquería Romo, por la calle California o a la Cenaduría RRR por la Calle Morelos. A veces me llevaba de noche a caminar, era su costumbre despues de cenar, largas caminatas por el Parque de los Pioneros, o nos ibamos hasta el centro a ver los "conejos" salir del Cine Cajeme 70.

En las tardes, a veces ir a visitar a mi abuelita Celia, convivir con mis primos. Las vacaciones con mis abuelos maternos en Guaymas, convivir con mis primos, sentarme junto a mi abuelito mientras se fumaba un puro. A veces mi mamá  nos llevaba a Guaymas en el tren, nos comíamos un sandwich sobre la mesita plegable. Los domingos nos levantabamos temprano, sigilosamente, prendíamos la televisión para ver Burbujas y En Familia con Chabelo. Entre semana la telenovela Mundo de Juguete.

Pasaban cosas que no alcanzaba a comprender, cosas que después dolieron y muchas siguen hasta hoy.

miércoles, 8 de abril de 2026

Dos añitos de edad

Dos años, 1978. Las mañanas junto a mi madre, llevar y recoger a mi hermano a su colegio. Nos mudamos a un callejón, una casa de dos plantas. En frente vivía Leoni, una señora que recuerdo con mucho cariño. Tenían muchos años viviendo ahí, creo que la casa era de sus papás, aún existe. Aún sigo en contacto con su hermano Federico "Lico" Cota, gran amigo de mi papá. La casa estaba sobre el callejón República de Cuba, donde crecieron mi papá y mis tíos. La que había sido su casa, ahora era el patio de lo que fue el Hotel Jardín. Había mucho comercio al rededor, Los Baños Julieta, unos baños públicos enseguida de la casa, donde por alguna razón me tocó bañarme. A la vuelta la zapatería Alonso, que por décadas quedó atrapada en el tiempo. La ferretería de doña Celia, las tortas La Pasadita, la gente sentada en las banquetas. Por las tardes, ir a caminar con mi papá, cruzar la calle y sentarnos en la plaza 18 de marzo, temiendole a los pichones, correr alrededor de la fuente, se me hacía inmensa. Hoy, la plaza deteriorada, el tiempo ha hecho lo suyo. Cientos de pichones la siguen visitando durante el día.  

Hoy ese callejón, esa cuadra, todo al rededor es una zona que con solo pasar se me hace un nudo en la garganta. Mucha gente ha escrito sobre ese callejón, sin lugar a dudas, había magia en esa lugar. Ay, tantos recuerdos, tantos amigos que ya no están. Hace tan solo 48 años, estabamos ahí, eramos felices. 






martes, 7 de abril de 2026

Mi primer año de vida


Mi primer año de vida. De esto solo se lo que me han contado, no tengo ni la más mínima idea como transcurrió. Se que nací en una maternidad que aún existe, ahora funciona como hospital "La Purísima". A mi mamá la acompañó mi tía Rosa, creo ella fué la primera en recibirme. Fue un parto natural, fácil. De inicio vivíamos sobre la calle Coahuila entre Guerrero e Hidalgo, en una casita que aún existe. El Obregón de entonces, considerada una de las ciudades más limpias y prósperas del país, le llamaban "El granero de México". Trigo, sorgo, frijol, maíz, avena, la lluvia era abundante en el verano, el agua no era un problema.

Me registraron a los cinco días de nacida y a los cinco meses me bautizaron, mis abuelos maternos fueron mis padrinos. Es bonito pensar que en ese tiempo mi mamá me daba su amor tomandome en sus brazos, alimentandome, cuidándome. Justo a mi papá le empezaba a ir bien, ingresó a laborar en un banco del gobierno, cambió de automóvil, si mal no recuerdo era un Dart K, color verde olivo.



En ese tiempo se escuchaba en la radio a José José, Juan Gabriel, Beatríz Adriana, Angélica María, Esthela Nuñez, Camilo Sesto y Miguel Gallardo, grupos como los Terrícolas y el Costa Azul de Rigo Tovar. En la televisión eran populares los programas de Chespirito, En Familia con Chabelo, series y muchos programas de revista que eran el entretenimiento de las amas de casa. En el cine se estrenaba Taxi Driver.

Qué rápido pasa el tiempo, han transcurrido más de 49 años.

lunes, 6 de abril de 2026

A cincuenta días de los sin cuenta



Hoy faltan cincuenta días para mi cumpleaños. Me he puesto ultimamente a recapitular mi vida, hay recuerdos, tropiezos, aprendizajes, llanto y mucha alegría. Estoy en este mundo desde el 26 de mayo de 1976. Para que yo existiera, hubieron muchos antes que yo y esta es un poco de mi historia. Voy a contar un día por cada año vivido.

Mi historia paterna

No se a ciencia cierta fechas, nombres y lugares como me gustaría saber, pero me voy a remontar a 1892, ochenta y cuatro años antes de que yo naciera. Pedro Rubio y Eusebia Mora pareja de un pueblo de Sinaloa llamado Escuinapa de Hidalgo, tuvieron a un niño el 11 de julio, día de San Abundio y así lo nombraron Abundio Rubio Mora, ese pequeño se convertiría en mi abuelo. 

Abundio se forjó en alguna parte como personal sanitario, me contaba mi papá que estuvo en la Revolución ejerciendo como enfermero militar, creo que tuvo algún rango, pues algunas fotos donde aparece portando su uniforme, así lo dan a entender. Supongo que por andar de nómada en la revolución llegó a Sonora, al parecer su primer destino fue el Puerto de Guaymas, eso he averiguado por registros de nacimiento de un niño con su nombre en 1920, donde se le sustenta como marino militar. 

El abuelo fue muy Donjuán, llegó a Hermosillo unos años después, he encontrado registros de varios matrimonios, varios hijos y un empleo como aprendiz de medicina en el Hospital del Estado. En algún momento, no se como, no se cuando, ni donde, conoció a mi abuela.

En 1910, en un poblado llamado La Estancia de Aconchi, en Sonora, nació mi abuela, un 28 de mayo. La nombraron Agustina, hija de José María García y Mercedes Mediano. Me contó mi papá que a los días la llevaron a registrar con otro nombre, porque era un nombre muy feo para una niña, y así fue, encontré esa acta como Agustina y después registros como Celia García Mediano. Sus papás la criaron entre Agua Prieta, Cananea y Nacozari, desconozco si era por motivos laborales del bisabuelo.

Mis abuelos se casaron en 1929 en Cochise, Arizona, USA. Quiero pensar que por toda la trayectoria poliamorosa de mi abuelo, no tuvieron más remedio. Mi abuela tenía 19 años y mi abuelo 38, casí 20 años de diferencia. Tuvieron ocho hijos, Josefina, María del Rosario, Candelario, María de Jesús, Abundio (mi papá), César, Martha Guillermina y Fausto Antonio. Candelario y María de Jesús, murieron siendo bebés, por enfermedades que hoy, parece broma les causaran la muerte. Cuando nació mi papá mi abuela lo cuidó con esmero, quería evitar que enfermara como sus otros pequeños, pero la enfermedad llegó y mis abuelos esta vez no permitirían que se les muriera su niño. Cuentan que mi abuela levantó a su hijo en brazos y se lo ofreció a Nuestro Señor, mi abuelo por su lado, consiguió oro para curarle la disentería. Quizás esto se lea muy romántico, no se que tan cierto sea, si el oro era oro o algun tónico al que le llamaban así en la época, pero mi papá se alivió y vivió para contarlo. Creo que de ahí surgió una relación muy entrañable entre mi papá y su mamá. Ella siempre cargaba un pañuelo con un rizo rubio de mi papá, como un amuleto.

Entre Sonora y Sinaloa, finalmente mis abuelos se quedaron a vivir en Ciudad Obregón, Sonora, donde mi abuelo abrió su farmacia llamada "Botica del Pueblo". Mis abuelos estuvieron juntos hasta 1973, cuando la muerte los separó, dejando a mi abuela viuda por 10 años más, curiosamente falleció un 11 de julio, día de San Abundio.

Mi historia materna

En 1908 nace Ángel Correa Zurita, en Frontera Centla, Tabasco, hijo del profesor Justo Alfredo Correa Rovirosa y su esposa María Concepción Zurita Méndez. Desde muy joven, quien se convertiría en mi abuelo Ángel, tuvo que ingresar a trabajar para ayudar a su mamá, pues había quedado viuda y con varios hijos que alimentar. Mi abuelo ingresó a trabajar a la Aduana Marítima, por lo que también ingresó al universo de los nómadas, llegando a Tampico, Tamaulipas, donde se casa y forma una familia.

En 1923, quince años después de que nació mi abuelo, mi abuela vió por primera vez la luz en Tampico, Tamaulipas. Hija de Delfina Reyes Rosales y Nemesio Flores Cobos. María de los Ángeles Flores Reyes, en algún momento de su vida, no se cuando, ni como ni donde, se cruzó en la vida de mi abuelo. Desconozco la razón del divorcio de mi abuelo con su primera esposa, pero en esa época, debió ser duro para ella quedarse sola con un hijo.

Continuando con el nomadismo, mis abuelos se casaron en Pueblo Viejo, Veracruz, vivieron unos meses en la Ciudad de México y después de mudaron a Guadalajara, Jalisco, donde a los seis meses de gestación, a mi abuela de solo 18 años se le vino el parto, naciendo mi mamá un 05 de septiembre de 1941 a quien mi abuelo le colocó el nombre de Olinda Arizona, por una poesía de agradecimiento a esa ciudad, donde se pudo recuperar su prematura. Me contaba mi mamá que había nacido en una vecindad donde rentaban y que el parto lo había atendido un médico residente que vivía en esos apartamentos. Le hicieron una cuna con ladrillos forrados con periódicos, toda una obra de la ingeniería neonatal de los años 40. La alimentaban con gotero, e igual que mi papá, vivió para contarlo. Después de mi mamá mis abuelos tuvieron a Rosa, Angel, Guadalupe y Alfredo, continuando con el nomadismo hasta los años 50s que se asentaron en Guaymas, Sonora. Mis abuelos estuvieron juntos hasta 1995, cuando mi abuela falleció, mi abuelo resistió a la viudéz y la soledad por siete años más.

Mis papás

Y bien, de esta historia se un poco cuando, como y donde. Ocurrió en Guaymas, Sonora, en 1968, mi papá acababa de llegar al puerto a trabajar, tenía poco de haber egresado de derecho. Una tarde vió pasar a mi mamá y la empezó a cortejar. Se casaron en 1970, tuvieron dos hijos; Javier y yo. Hay tantas cosas que contar sobre ellos, sin embargo de esta historia romántica sobre todo lo que tuvo que pasar para que yo llegara a este mundo estaba destinada a no ocurrir. Mi padre, el tercer hijo fallecido de gastroenterítis. Mi madre, sin los recursos, ni la tecnología, ni un hospital, mal lograda por parto prematuro. Sin embargo, vivieron y aunque ellos ya no están aquí, yo estoy para contarlo, contar que no fue un andar fácil del destino para que yo esté aquí. 

Yo

Nací en Ciudad Obregón, estoy a nada de cumplir cincuenta años, soy muy feliz. A pesar de tanto, he decidido ser feliz y quiero seguir siendo feliz lo que me resta de vida. Tuve tres hijos, Melina Alejandra, Manuel de Jesús y María de los Ángeles. Tengo tres nietos, Mariana Angélica, Oliver Manuel y Osmar Ángel. Estamos esperando el cuarto. Agradecida y bendecida por Nuestro Señor.

domingo, 5 de abril de 2026

Último día de descanso

 


Hoy es 05 de abril, domingo de Resurrección. Han finalizado los días de la Semana Santa y ahora escribiré sobre la más pequeña, mi gatita Nahui Ollin.

La pasada Navidad le llevamos cena a mi hija al hospital donde labora. Le llamé por teléfono para que bajara por su cena. Llegamos y tenía una pequeña gatita en sus brazos, nos refirió que ahí estaba solita, que ya algunos de sus compañeros la habían visto deambular, quizás le pertenecía algún paciente del centro de salud mental contiguo. Decidimos traerla a casa, pobrecilla, Navidad, solita. Acordamos que, si no hacía buena dupla con el Fito, le buscaríamos un hogar. Afortunadamente no fue así. Aunque al Fito le ha costado hasta hoy verla con buenos ojos, no ha habido mayor problema.

La llamé así, por sus ojos, me recordaron a la profunda mirada que se ve en las fotos de Carmen Mondragón (Nahui Olin) y porque en la cultura Nahuatl, hay una flor nombrada Nahui Ollin, que significa "presencia divina".

A lo largo de mi vida he tenido varias mascotas. Recuerdo vagamente a una tortuga a mis cuatro años y mi primera gatita. Recuerdo bien a mi mamá sentada leyendo el diario, buscando una palabra o un nombre para ella en la sección de sociales. A alguien le habían celebrado su cumpleaños con una piñata de Hello Kitty y fue así que mi mamá la nombró. Apenas alcanzo a recordar como llegó y lo bien que mi mamá la acogió. Fue tanto el cariño por Kitty que nos la llevamos en un cambio de ciudad. Kitty tuvo varias camadas, de la primera nos quedamos con un par; Chiquita y Mimoso, luego era una colonia de gatos, qué cosa tan tremenda. En aquellos tiempos no había cultura de esterilización, al menos no había tanta consiencia sobre ello. Con tristeza recuerdo que cogíamos a los gatitos en una bolsa y me mandaban a tirarlos (mi conciencia a veces me lo reclama, pero yo apenas era una niña, no sabía lo malo que era).

Después mi mamá tuvo perros, el Jairo, el Coqui, el Gringo, mi mamá hizo con sus perros lo mismo que yo estoy haciendo con mi Irene, tenerlos en un patio, me puede mucho, creo que debo echarle mucho ojo y compromiso a ello. Dios me de la manera de tener más cómoda a mi perra pronto o definitivamente jamás volveré a tener perros. Ellos no se merecen vivir así.

Volviendo a mi lsta de mascotas... cuando tenía como 25 años, Mely adoptó a una gatita, un ser tan dulce y sereno, la nombramos Brandy, luego Brandy tuvo al Wisky, al Ron y en esa época tuvimos una perrita llamada Chispita y a una perra llamada Tequila. A Brandy nunca la he dejado de extrañar, supongo que mi hija tampoco.

Hace 16 años volví a adoptar una gatita, la nombré Chiquita, recordando a mi pequeñita de la infancia, pero la tuve que dejar, yo no estaba para tener gatos ni nada, me arrepiento, debí ser más ecuánime, quizás aun estuviera conmigo. Hace 10 años adopté a una perrita que encontramos, estaba atropellada y un mal diagnóstico le derivó en una sepsis y la tuvimos que dormir, la nombramos Susana, era la perrita mas bella, la más dócil, obediente y aún la extraño, aunque solo la tuve 21 días a mi lado.


Y pues bien, a unas horas de que termine el día, estoy en cama, escribiendo, acompañada del Fito y la Nahui. Ya mañana regreso a laborar, justo saldré de la ciudad y los voy a extrañar.