1993, llegaron mis 17 años con una bebé en brazos, con una carga emocional bastante pesada. Muchas veces sola, esperando a que el progenitor llegara. Largas días, largas noches. Mientras todas las que habían sido mis amigas estaban escogiendo una carrera univeristaria yo no podía escoger siquiera estar cansada. La maternidad es compleja, la primera vez estamos a prueba y error y ser mamá adolescente sin una red de apoyo es realmente frustrante. Hoy volteo hacia atrás, veo a esa niña de 17 años y la admiro. Me gustaría decirle tantas cosas, pero lo que decidió hacer está bien, así tenía que ser.
Al poco tiempo de nacer mi niña, no teníamos ni para comer, no tuvimos más opción que vivir en casa de mis papás un tiempo. Apretujados en lo que fue mi habitación, con mi hermano en desacuerdo. Yo, viviendo frustrada porque no había nada que elegir, ni que hacer más que cuidar de mi bebé, no tener voz ni voto en la que hacía poco era mi casa, estar arrimada, dar molestias, esperar con ansias que el papá tuviera la solvencia para irnos.
Encontramos un departamento, algo sencillo en una vecindad, nada caro en realidad. Ilusionada en empezar de nuevo, con la idea de tener la familia perfecta, mientras subía y bajaba escalones a diario, lavar la ropa en la azotea, entretenerme viendo al techo, sin nada que ver, sin nada que leer o escribir, sin escuchar música. Me ahogaba el silencio y me frustraba ser solo útil para maternar. Recibiendo golpes y días enteros de abandono, llegando en las noches ebrio, sucio. Recibía sexo confundiendolo con el amor que esperaba, solo eran eso mis días. Despedirlo antes de las siete, recibirlo casi al día siguiente, nuevamente ebrio, sucio, a pedir lo de siempre.
Me sentía cada día más cansada, el aburrimiento durante el día me vencía en sueño y las noches en vela buscando una salida, una solución. Mi mamá nos prestó un televisor que de repente servía después de darle 20 golpes a la caja, el nunca tuvo la intención siquiera de buscar la forma de comprar uno, como nunca estaba en casa, no lo veía necesario.
En diciembre me di cuenta, estaba nuevamente embarazada, fuimos al médico, tenía casi cuatro meses. El enterarme me voló la cabeza, todo se volvería peor, una doble responsabilidad y sin nada que darles. Me daba vergüenza decirle a mis padres y cuando lo hice no dijeron nada, solo se encargaron de alimentarnos. A veces mi madre no estaba, pasaba largas temporadas con mis abuelos y nada más me quedaba que ir con los padres de el, a escuchar problemas ajenos, gritos, situaciones desagradables. Encontrarme con incomodidades. Solo me llenaba de ilusión sentir a mi bebé moverse, sus manitas recorrer mi vientre y decirle a mi niña que adentro de mi estaba un bebé, que iba a tener un hermanito, a su corto añito parecía entenderlo.
Un seis de abril cayendo la tarde, el progenitor había salido a jugar dominó, lo fui a buscar a la vuelta de la cuadra. "Siento el mismo dolor de la otra vez, llévame al médico" Esta vez reaccionó. Nos informaron de sufrimiento fetal, creo que le pasé todo mi dolor, creo que se sentía en alerta por todo lo que tenía que aguantar. En la madrugada decidieron llevarme a quirófano. No había ginecólogo, me operaron mal, me quedé dolorida, lo qué fisicamente me ha dolido más en toda la vida. El dolor de la cirugía era insoportable. Lloré toda la noche, incluso dormida, no imaginaba que venía algo peor.
En la mañana me informaron que era un niño, mientras tenía que recuperarme para ir a verlo. Habían pasado dos días y no me habían llevado a ver a mi niño, me parecía extraño hasta que me dijeron que algo no estaba bien. Cuando por fin lo pude ver se inactivó mi dolor físico, lo ví pequeñito, en una incubadora, respirando con dificultad. Pesaba 2,225 gr. y medía solo 43 cm. Su pecho se sumía en cada inspiración, era lo más frágil que había visto en la vida. La enfermera en turno me dijo que había tenido nueve paros respiratorios, lo bautizó con el nombre de Manuel de Jesús.
Me dieron de alta y me enfoqué en las breves visitas, 15-20 minutos al día. Lavaba mis pechos para poderlo alimentar, sin experiencia y sin red de apoyo la lactancia no se pudo concretar. Otra vez no podría amamantar, con mi niña fue imposible por una infección urinaria. Mientras Manuel estuvo ahí por las noches me sentía vacía imaginando el estaba solito en ese hospital, sin podernos tener cerca. Nos fuimos a buscar un respirador por recomendación médica. Fuimos a todos los hospitales de la ciudad, hasta que al último, al que yo ya no fui, a el le prestaron uno. Nos sentimos aliviados. Once días estuvo mi niño ahí, no necesitó el respirador. Una noche cuando fuimos a visitarlo acordamos primero pasaría el a verlo, una gran alegría cuando lo ví bajar con mi bebé en brazos. Aún recuerdo la felicidad de ese momento. "Mira mi niña, el es tu hermanito, se llama Manuel". El niño más frágil, el más fuerte también. Ahora no había nada más importante que cuidar de el.

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