lunes, 27 de abril de 2026

A los 21 años


En 1997 mientras mis amigas y compañeras de la escuela estaban a la mitad de sus estudios universitarios, yo estaba por fin descansando del uso de pañales. Hicimos crecer a Kimberly Clark. La vida no era perfecta, pero si bonita al lado de mis tres niños y más porque ya estaban en una etapa donde no dependían tanto de mi, y al ser casi de la misma edad, más bien, dependían uno del otro. Creo que ellos tienen recuerdos bonitos de esa etapa, donde los tres eran uno solo y yo, si volviera a vivir, me gustaría tenerlos de nuevo conmigo, a mis tres niños, en ese tiempo cuando eran solo de mamá.

Las cosas seguían igual, pero de alguna manera las madres sabemos resolver, creo que Dios nos acompaña en cada instante, que ocurren milagros. La sopa era un manjar para mis hijos, una pequeña olla que alcanzara para los cuatro y un sobre de Kool Aid que rendía para dos litros de agua para refrescarnos.  Donde vivíamos y como vivíamos ahora entiendo era una situación casi extrema, pero nunca lo ví así. Demasiado buena o demasiado inocente. Y así, con ese alma inocente y cegada por el deseo de hacer las cosas mejor, intentaba llevar una buena relación con el progenitor. Poco de lo que hizo fue parte de pedir y rogar por estar mejor, pues era cada vez más complicado estar los cinco en una sola habitación, sin una cama para mis niños, sin su presencia ejerciendo su paternidad. Las Navidades eran una preocupación más, no podrían pasarla sin que llegara Santa Claus. Con el poco dinero, hacía milagros, recorría el centro entero buscando cualquier oferta, algo que supiera los iba a sorprender.

Uno  de los grandes logros fue comprar un televisor de segunda mano, tenía un muy buen alcance de señal, recuerdo que le costó $400.00 Nos entreteníamos horas enteras viendo series, musicales, telenovelas y juegos de concurso. Al tiempo nos hicimos de una grabadora. 1997, tan aburrido, hubiera sido peor sin esa bendita televisión. No nos sentíamos tan solos. Mi hijo se hizo un gran espectador del programa de concursos Atinale al Precio, aunque los cuatro nos sentabamos a verlo, para el el presentador, Marco Antonio Regil, se convirtió en su ídolo.

Una tarde, mientras terminaba de recoger la ropa lavada, prendí el televisor. Mis niños jugaban en el piso. Las niñas se metieron a la recámara, pero mi niño no, lo ví sentado en la puerta, jugando a los carritos. Alcancé a gritar, ya vente, Manuel, ya va a empezar Atinale al Precio. No escuché nada, salí por más ropa al patio y me asomé, ya no lo vi.

Salí a la calle y no lo encontré. Tomé a mis niñas de la mano y nos fuimos por toda la colonia a buscarlo, empecé a llorar, a no saber qué hacer, a quién recurrir. De pronto me saltó la idea de que se había ido caminando a casa de un primo que vivía en una colonia cercana, muy lejos para un niño, pero eran las personas que de pronto visitabamos.

No, no estaba ahí. Un niño de menos de cuatro años, solo, en medio del peligro. Me regresé pensando que la puerta de la casa estaba cerrada, que si el niño volvía, que si al regresar no estaba. Me paré dos segundos para respirar y pedirle a la Virgen, tomada de las manos de mis niñas; Madre mía, a tí que se te perdió tu niño, tu debes de entender por lo que estoy pasando. En eso pasó un carro de la policía. ¿Qué busca, señora? Les conté y me dijeron que de no ser por los vecinos que dieron buena referencia de mi conducta, el niño se lo llevaban al ministerio público.El niño estaba en casa, le ganó la curiosidad de buscar a su papá y lo encontraron solo, en medio de la nada, caminó más de tres kilómetros solo, nadie se dió cuenta, a nadie se le hizo extraño, más que a esos dos policías. Dios los bendiga.

El peor susto de mi vida. Entramos a casa, apagamos la televisión y nos acostamos a dormir temprano ese día. Y una vez más, el progenitor no estuvo ahí, llegó tarde, le conté lo sucedido y no ocurrió nada, nunca ocurría nada y así se fueron mis 21 años, nuevamente abandonada, con un mundo muy pequeño al rededor.

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