Llegaron los doce, llegó la mudanza y llegamos a Cd. Obregón a vivir a casa de mi tía Chalita. Me inscribieron en un colegio donde cursaría el sexto año de primaria, el instituto era algo distinto, ahí las maestras eran monjas, solo habíamos mujeres.
Mi mamá no soportó estar en casa de mi tía y se fue a Guaymas, me dejó con mi papá. Con mi tía vivía mi prima Gracia, de la edad de mi hermano. La situación no era agradable, tanto hablarnos mal de la familia de mi papá hacia que no hubiera la suficiente confianza. Todo eso hacia que mi mente divagara en la hora de clases y perdiera lo poco que quedaba de aquella buena alumna.
Pensando en que lo mejor era que estuviéramos juntos, mi papá rentó una casa, mi mamá regresó. Volvieron los gritos, las discusiones, los golpes. Nunca he olvidado como mi mamá perdió el control una tarde y no paraba de gritar "quiero mi casa, quiero mi casa, quiero mi casa..." Eran situaciones que hoy se que eran extremas, no merecíamos vivirlas, nadie nunca vio la necesidad de tratar a mi mamá, estaba enferma.
Entiendo que su desequilibrio mental hacia también que su glucosa se disparara. La Vi en varias ocasiones internada, pero nunca le creí sus jadeos y quejas, siempre pensé y sigo pensando hasta hoy, lo hacía para no hacer nada, para hacer lo único que le gustaba, estar acostada.
Y así, desatendida, asistía a clases, porque a los 12 años aunque ya no necesites ayuda si requieres supervisión y nadie lo hacía. El uniforme arrugado, la mochila sucia, el cabello sin peinar, todo dio pie para ser la apestada, a la que hacían a un lado, a nadie le importó yo fuera la nueva, yo era la sucia.
Y así pasaron semanas y meses, fuimos a ver casas, hasta que por fin hubo una casa que nos gustó y fue ahí donde como familia nos asentamos, dónde nunca más tuvimos lo que en Caborca. Mi hermano siempre extrañó a sus amigos, a pesar de que hizo muchos nuevos y lo buscarán decenas de muchachos por la casa, dejó, dejamos el mundo que conocíamos.
La Navidad volvió a llegar y ya no me sentía cómoda de ir con mis abuelos, sentía lástima de dejar a mi papá en casa, solo. Ni siquiera sentía la necesidad de estar con mi hermana. No quería estar sola con mi mamá y con mi hermano. Seguimos viajando a Guaymas, a casa de los abuelos en casa oportunidad.
Los doce se repitieron dos veces más. Parece una maldición.

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