viernes, 24 de abril de 2026

18, mayor de edad


 La vida pasaba entre pañales, biberones, ropa y cuatro paredes. Cuando todas mis amigas y excompañeras del colegio entraban a la universidad, yo era mamá de dos, yo era una mujer abandonada, golpeada, usada, deprimida, decepcionada y sola. Si, yo me lo busqué, por creer que la salvación de mi vida era con alguien más, por falta de guía, por falta de amor propio. Sin embargo asumía con maduréz mi profesión de madre.

Con mi bebé prematuro, me la pasaba hirviendo agua, esterilizando biberones, limpiando con esmero, evitando que entrara cualquier gérmen que lo pudiera enfermar. Sin embargo, el gérmen me habitaba; varicela. A solo un mes de haberlo tenido me llené de pápulas, salieron hasta por donde no da el sol. El miedo de contagiarlo lo convertía en Fe de que Dios no permitiría le pasara nada a mis niños, y así fue, ni una sola roncha, ni un solo síntoma.

Y los días pasaron, la vida seguía igual, mirando a través de los huecos de un papel que cubría la ventana la poca luz del sol. Cuando mi niño cumplió dos meses empezamos a salir, era justo y necesario que le diera el sol, lo llevabamos al parque, a la plaza, era yo tan delgadita, mucha gente se asombraba de verme con dos niños, pero esa era mi vida, aunque no fuera complentamente feliz.

En octubre me doy cuenta, nuevamente embarazada. Esta vez no me llegó la notica como cubetada de agua fría, lo asumí y llevé el embarazo más tranquilo, con más experiencia. Comí más sano que nunca, evité refrescos y todo lo que estuviera empacado, quería solo lo mejor para mi bebé. Estaba enfocada en mis niños, tratando de salir cada día adelante, con lo que hubiera, como pudiera. Me entretenía tomandoles fotos, para mi era un orgullo ser la mamá de esos pequeñitos, ver como crecían, como iban aprendiendo cosas y sacarles sonrisas con cualquier bobada mientras yo me moría por dentro. 

La ropita de mis niños, desgastada, puesta aunque no les quedara,  ya  no era útil para el bebé en camino, un 9 de mayo, con un poco de dinero en mano, fuimos a una tienda a buscar ofertas y ahí llegaron las contracciones, faltaba un mes para concluír el embarazo. El 11 de mayo a las 16:20 nació mi Marúa, mi Mary bonita. Pesó 2,800 gr y midió 49 cm. Para mi un logro que pesara 100 gr más que su hermana mayor. Pedí encarecidamente la salpingoclasia, la había pedido desde el nacimiento de Manuel, pero esta vez por ya tener los 18 y tres niños, la petición fue atendida. 

Nunca fui tan feliz como cuando mis tres niños eran pequeños. Las risas, los primeros pasos, cortar sus uñitas cada 15 días, los cuentos en la noche, las escondidas en el parque, las fotos. Eramos nosotros cuatro contra el mundo. El progenitor seguía igual, parecía un ser con fobia lumínica. Me acostumbré tanto a su ausencia que me llegaba a esrorbar su presencia.

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