Cuando tenía 23 años. ¡Qué tiempos!, mis niños chiquitos, las tardes de juegos, viendo los programas de televisión, los cuentos en la noche. Una rutina limpia e inocente. A la vez pesada, pasaba horas en el lavadero, dejé mucha vida lavando ropa, olvidándome de mi, de todo, mis pensamientos se fundían mientras tallaba la ropa con jabón, desvaneciéndose en la pileta de agua, muchos días me pesaban, dejar a mis niños solos en la habitación mientras las horas se me pasaban lavando.
Los días que no había ropa sucia, era ir a casa de mis papás, descansar un poco mientras mis niños tenían el espacio donde jugar. Todo se tornaba difícil, mi mamá simplemente no los toleraba. Con mi papá las cosas eran diferentes, el se llenaba de sus nietos, a veces parecía un marsupial con tres crías sobre el. Mi mamá celaba eso, a ella no se le daba aunque se que algunas veces lo intentó, su carácter y una de sus enfermedades, nunca se lo permitió.
Mely salió del jardín de niños y prometí que ni Manuel ni Mary asistirían a esa escuela, por lo que decidimos inscribir a Manuel a un jardín de niños contiguo a la escuela donde trabajaba el progenitor y en esa escuela Mely iniciaría su educación primaria. Era fácil, nada complicado, siento que ahí fue donde ellos empezaron a convivir más con su papá. Con el tiempo yo ni siquiera tenía que llevarlos o pasar por ellos. Realmente donde vivíamos estaba lejos, inaccesible en aquel momento poder tomar tantos transportes diarios, hoy se me sigue haciendo una zona lejana, fuera de la buena urbanización de la ciudad.
Pronto llegaría la Navidad, nuevamente a buscar juguetes. Para todo el mundo era una nueva era, un cambio de milenio. Nuevamente mi mamá se iría a pasarla a Guaymas, nosotros nos quedaríamos a convivir con mi papá esa Navidad, con unos sándwiches y quesadillas, me daba tanto pesar que se quedara solito, pero la realidad es que no había como recibirlo en la casa.
Inició un nuevo año, un nuevo milenio, los 2000, sin autos voladores ni viajes en el tiempo, pero si con mucha tecnología en la palma de la mano. La mayoría contaba con un teléfono portátil, la llegada del celular. Mucha tecnología, muchos cambios, pero yo seguía atrapada en un mundo muy pequeño.
Un día el progenitor le compró un pick up a su papá, pero era el quien siempre manejaba, había veces que por no estar aburridos en casa le pedía nos llevara a sus supuestas vueltas de negocio, muchas veces me arrepentía, nos dejaba esperando horas, muchas veces en medio del calor, quizás lo hacía con la intención de que no volvieramos a ir con el. Mis niños iban casi siempre en la caja, golpeándose en cada alto y en cada tope los pobrecillos.
Una de esas tantas veces, nos dejó afuera de un hospital, ya estaba por oscurecer, hacía un calor tremendo y pensé que no perdería nada con manejar, solo era cosa de los semáforos y las señales de tránsito. Se me ocurrió ir a visitar a mi tía Chalita y creo que desde esa vez, me convertí en su compañera y ella para mi en alguien que me alentó a salir adelante.

No hay comentarios:
Publicar un comentario