miércoles, 15 de abril de 2026

Las nueve primaveras


1985, una época marcada por la cultura pop, la rebeldía del metal y los desastres naturales. Las mallas y los blusones, los accesorios en colores fosforescentes, los copetes elevados con crepé y spray. La juventud impuso y la decada de los 80s para mi tiene un parteaguas en 1985, cuando tenía solo nueve años. 

Por alguna razón me sentía más cómoda platicando con los niños, las niñas me habían relegado de su grupo y encontré con ellos el tema de conversación, el compartir un rato en el recreo. Me hice amiga de Germán, Roberto, Abraham y fui varias veces reprendida por platicar en clases. Ay, como me divertían las bobadas de los varones, eran más simples, más relajados y eso me ayudaba a olvidar el fastidio de los gritos en casa, de ese ambiente hostil en que se estaba convirtiendo lo que debió ser un lugar seguro.

Las vacaciones de verano en casa de mis abuelos, con mi hermana, mis primos. Ya podíamos participar un poco en las conversaciones de adultos, las cuales solían ser incomprensibles a veces y optabamos por sentirnos estrellas del pop, imitando las coreografías de los grupos de moda. Salir por la tarde a asaltar a mi abuelo para comprar una nieve, ayudar en casa, cosa que nunca era suficiente, siempre había algo que hacer, poco el tiempo para la diversión, pero lo inventabamos.

La pubertad se asomaba y yo ni cuenta me había dado, mi papá fue quien me dió la órden de no volver a dormir con ellos, porque desde que nos mudamos a Caborca lo hacía noche tras noche, amaneciendo tirada entre las dos camas individuales que formaban una king size. En septiembre de ese año, un fuerte terremoto sacudió varias zonas de México, a escasos días de haber iniciado mi cuarto año de primaria.  Ay, ese 1985 añorado...

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