Mis cinco años. Antes de entrar a la escuela ya tenía noción lectoescritora, me acercaba a mi hermano cuando hacía sus tareas. Por las tardes nos entretenía el televisor con el programa "La canica azul" o nos salíamos al patio a meternos en tinas de agua para mitigar el calor. Justo a unas semanas de haber cumplido los cinco años, dejábamos el que era nuestro hogar sobre la calle Veracruz, se quedaban atrás hermosos recuerdos. Dejamos a nuestra tortuga, según mi mamá no la pudo encontrar y nos subimos a un taxi, con nuestras maletas y a mi gatita Kitty en una caja.
Mi papá tenía un nuevo puesto, era en otra ciudad, allá yo entraría a un jardín de niños, nos iba a ir mejor. Ya por fin tendríamos casa, papá se había adelantado, allá nos esperaba.
Llegamos a la central de autobuses, tres pasajeros, un adulto y dos niños hacia Caborca. No había jamás escuchado que existiera esa ciudad. Mi mamá decía que era un rancho, cualquier pueblito en medio del camino mi hermano a modo de burla decía que ya habiamos llegado. Recuerdo ya era de noche, la carretera en ese tiempo eran dos carriles, uno de ida y otro de vuelta. Por fin, unas luces después de horas de camino. El chófer avisa; "hemos llegado a Caborca".
Recuerdo ver la central de autobuses, no ha cambiado mucho, todo al rededor de ahí sigue parecido a ese junio de 1981. Llegó mi papá por nosotros. Caborca nos daría mucho.
En septiembre por fin, mi sueño hecho realidad, entraría a la escuela, ahí se llama Parvulitos. Instituto profesor Adalberto Sotelo, mi maestra Olga María Noriega. Muchos niños, me sentía feliz entre los llantos de los demás. ¡Qué linda, ella no llora como los demás porque se fue su papá! No, no había caído en cuenta que me quedaría sola, era la primera vez que estaba con desconocidos. Supongo la maestra se arrepintió de habermelo dicho.
Cuántas cosas se vienen a mi mente mientras escribo, ese entrañable 1981, esa mañana de septiembre, aún veo a lo lejos a mi papá yéndose del colegio, dejándome sola. No te vayas papacito, no me dejes aquí sola. Hoy ya no volverás por mi, papito.
Era muy bonito ir a la escuela, mañana y tarde, así era el sistema escolar. Me recuerdo siempre buena alumna, inteligente. Ahí empecé a hacer mis primeros amigos, Finita, Judith, Silvia Cristina. Recuerdo al señor de la tienda escolar, un hombre joven, muy delgado, si mal no recuerdo se llamaba Francisco o quizás le decíamos Fito, algo así. En el recreo salir a comprarle fritos azteca y un vaso de Pepsi.
Aún recuerdo mi uniforme, la playera con cuello azul y dos líneas y mis zapatos negros de suela de goma, esos le gustaban a mis papás. Nos sentaba bien el cambio, muchos años después entendí la razón, sin embargo todo se volvería distinto.

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