Había iniciado nuevamente tercer año de secundaria, ahora en una escuela pública. Otro ambiente, donde si tenía amigos. Lógico, chicos en un ambiente similar al mío, familas disfuncionales, hijos de madres solteras, criados por sus abuelas, con situaciones económicas complejas. No fui la chica popular, pero sentía que encajaba.
Vivía en un sueño rosa. Mi papá había aceptado el noviazgo, creyó que lo mejor era que me visitaran en casa. Terminé la secundaria y casi de inmediato me embaracé. Claro, era de esperarse. No sabía como manejar la situación. Mi mamá ya sospechaba y aun así decidió irse a casa de mis abuelos, quizás tenía miedo de enfrentar esa realidad. Pasé días pensando; ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo decirle a mis padres? ¿Qué iba a suceder?
Hubo muchas señales de que no era el indicado, pero no las ví. Una de las más importantes es evadir la situación con mis papás. Nunca habló con ellos y su mejor plan para resolver esto fue abortar, cosa a la cual no accedí. No hubo siquiera intención de su parte de formalizar la relación, su mamá lo sugirió, pero no pasó de ahí. Nos fuimos a Guaymas. El no se que hizo esa madrugada, pero yo llegué a casa de mis abuelos y recibí una buena regañada por parte de mi mamá, quien estaba alertada por mi papá; no había llegado a dormir.
Una tía sugirió abortar, nuevamente me negué, mi abuela me apoyó. Regresé a los días a Obregón pero ya no a mi casa, sino a casa de sus papás, a iniciar una vida de señora a mis 16. Yo no estaba muy cómoda, lo único que me hacía sentirme bien era que había un pequeño ser dentro de mi. Ponía mis manos en el vientre, sentía como se movía. Disfruté la gravidéz.
Vivimos en varias partes en pocos meses, consecuencia de su poco compromiso, de mi inexperiencia también, por no saber huir, eso hubiese sido lo ideal. Muchas, muchas señales de que el no era el indicado y la peor ocurrió una tarde en la puerta de la casa, una cachetada frente a los vecinos, me quedé dentro varios días, me daba pena salir, como si yo fuera la culpable del peor delito. Lo perdoné.
Salí, mi papá me recibió de nuevo en su casa, y aunque a mi hermano le molestara mi presencia, había días que no me quedaba más, algo que después entendí no era bueno para nadie. Las aves no regresan al nido cuando saben volar. Y no, no sabía volar, pero yo había huído del nido.
Llegó el invierno, la navidad, mi vientre crecía. Renegaba por eso, no había ropa que se acomodara, yo solo tenía 16 años y aunque deseaba a mi bebé, aún era una niña. Lloraba, me frustraba por no hacer nada que me gustara. Y para colmo descubrí la gran mentira; el no era profesor como me había dicho, me engaño durante un año y medio. Lo perdoné.
Un 24 de marzo, sentada en casa de mis padres, llegó una señal, un dolor en mi cuerpo que nunca había sentido. Le rogué para que fuera por mi. Inmaduro, evitativo al compromiso, no ea el indicado. Llamé a casa de mis padres para avisarles me harían una cesárea. Contestó mi papá, me dijo que estaría pendiente. Al fondo se escucharon los gritos de mi madre "Ay como chinga, a qué hora se le ocurre" Después de lo vivido con el progenitor, ahora un golpe más al alma. ¿Cómo pude con todo eso?
En la madrugada del 25 de marzo, nació Melina Alejandra pesando 2,225 gr., midiendo 51 cm. Mi primer amor, mi primera experiencia como mamá. Ahora mi mundo eran cuatro paredes, constantes cambios de pañal, biberones, mucha ropa que lavar y la felicidad inventada de que yo tenía una familia, que aquí todo sería diferente.

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