Mis once años, una etapa triste, difícil, duele recordarla. Mi papá tomó la decisión de regresar a Cd. Obregón, pidió su cambio. Mi mamá no quería regresar, ni siquiera porque estaría más cerca de sus papás. Entendí después que Caborca, se había convertido en su lugar seguro, a pesar de esa distancia, de los malos tratos, de estar deprimida.
Mi mamá cada vez era más dura conmigo. Yo me sentía continuamente ofuscada por como vivíamos, entre polvo, cúmulos de cosas, cerros de ropa. Me empecé a hacer cargo de la casa a la vez que iba a la escuela. Mi papá se fue a Cd. Obregón y a los meses mi hermano para que terminara el primer año de preparatoria mientras yo terminaba el quinto año de primaria. Un infierno habernos quedado solas. Pasaban días sin un plato de comida en casa, golpes por cualquier cosa, noches enteras de dormirme a las tres de la mañana viendo en televisión cosas no aptas para una niña de once años. Hubo un día que no soporté más, tomé el teléfono para marcarle a mi papá, ojalá nunca hubiera levantado la bocina, jamás volví siquiera a intentarlo, ella era más fuerte que yo, ella no me dejaría nunca decirle que tenía mis piernas marcadas, nunca pude llamarle implorando auxilio, recibía cartas donde me aconsejaba, pero me hacía falta. Nunca supo esto.
Llegó el invierno, luego Navidad, volver a casa de los abuelos, esos ecos de felicidad que en realidad era ser infeliz en otro lugar, Adriana y Rossy, mis compañeras, lo único bueno que yo tenía. Los temas entre mis padres eran tal que ya mi papá se incomodaba de ir a casa de mis abuelos. Regresar de nuevo, a ese ambiente hostil, volver a casa porque así tenía que ser, volver a la escuela donde no encajaba ya con nadie, donde me ausentaba por semanas, donde empecé a ser vícitima de burlas. Una tarde, tomé un frasco, siete aspirinas quedaban, pero no pasó nada. ¿Cómo se puede estar tan deprimido a los once años? Hoy veo atrás y entiendo perfectamente a esos pequeñitos que atentan con su vida, sin amor, nada vale la pena a los once años.
Los días se hacían eternos y aún así llegó la primavera, con ella la primera menstruación, con ella el primer momento que como mujer necesité a mi mamá y recuerdo lo hizo más por obligación que por otra cosa, porque no le quedó de otra o qué se yo. Era una semana santa, estabamos en casa de mis abuelos. Faltaban pocas semanas para terminar el colegio, tomé la iniciativa de empacar para la mudanza, sentía que irnos de ahí nos llevaría a una nueva vida.
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