domingo, 26 de abril de 2026

20 años


 20 años, la vida seguía, el reloj jamás se detuvo. Yo ya tenía tres hijos y una inventada vida perfecta. Un día cualquiera, mi cumpleaños. Siempre anhelando por dentro aquel 27 de mayo de 1983 cuando mi madre me había festejado el cumpleaños en la escuela. Ese recuerdo me alimentaba, me evocaba amor, una época inocente que 13 años después se había convertido en nada más que miedo a lo que pudiera pasar mañana.

Frecuentemente charlas con el progenitor, llegar a un acuerdo, intentando empezar de cero, todo por los niños, porque no había otro mundo que yo conociera. Tratando de enmendar las cosas que yo no provocaba, de perdonar golpes, hacer a un lado los largos días de abandono, no solo para mi, sino para mis niños. Yo tenía el recuerdo de un papá siempre presente, en casa, proveedor. A pesar de muchas cosas, el siempre estaba ahí, y continuaba así, siendo proveedor, alimentandonos cada visita, lo cual era más habitual de lo que debió haber sido. 

El progenitor no tenía el espíritu de compromiso, lo hacía más por obligación que por otra cosa, porque quizás para el no había otro mundo que conociera. Un buen día tuvo la idea de llevar libros de primaria viejos, sin usar, de esos que sobran y quedan rezagados en las escuelas. Me pasaba las tardes leyendo, haciendo los ejercicios, casi casi volvía a hacer la primaria invirtiendo el tiempo de la siesta de mis niños.También llevó juguetes didácticos, cosas con los que se entretenían mis pequeños, las tardes eran menos tediosas.

Seguía pasando muchos días en casa de mis padres. Tomar el camión con tres niños pequeños, transbordar a la ruta que me dejaba en la esquina de su casa, era víctima de críticas y burlas. "¿Tienes tres niños tan chiquita?" "Oye, ¿no tienes tele? Y pues no, la realidad que no teníamos tele así que lo poco o mucho que recuerdo que pasaban en televisión, eran las novelas que veía con mi mamá. Sólo en su casa podía escuchar las canciones que estaban de moda.

El gran error de visitar su casa con frecuencia por no tener ni para comer, empezó a quebrantar nuestra relación. Ella, obviamente cansada de las visitas, entiendo que cuando te vas haciendo mayor, solo quieres calma, le abrumaban las risas de los niños, sin embargo yo nunca estaba de inutil en su casa, procuraba limpiar, hacer aseo del baño, descubir el color de los azulejos repletos de ollín. En realidad mi mamá también la pasaba mal, en compañía de un esposo que no la trataba bien.

Ella también soñó y tuvo anhelos, pero no conoció otro mundo, no pudo salir del laberinto. Su frustración la descargaba en mi niño, en tratarlo mal, hacer diferencias con el, con mi pequeñito, mi prematuro, al que mi papá me ayudó a cuidar y eso le causaba sentimientos malos, me atrevo a decir que perversos. Hoy que ha pasado tanto tiempo me duele recordarlo. 

Esa era mi vida a los 20 años, estar donde no quería, donde no debía estar, buscando la comida para mis niños, buscando un poco de espacio donde pudieran jugar y ser un poco yo, tener la libertad de quizás soñar un poquito. Parece que fue ayer, pero han pasado 30 años.

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