A los 15 días de haber tenido a mi Mary y quedarme tranquila de que no volvería a quedar embarazada, cumplí mis 19 años. Ahora sentía como si estuviera completa, como si hubiera cerrado un circulo, me sentía en paz, como si algo por dentro me dijera que mi misión era esa, tener tres hijos. Algo que no había pedido, mucho menos a esa edad. Pero así sucedía.
La vida continuaba siendo tediosa, sin nada que leer,ni ver televisión, ni tener alguien con quien platicar, sin siquiera atreverme a soñar un poquito. Los días a duras penas me daban el tiempo para darme un baño y cepillarme el pelo, era lo único que podía hacer por mi. En ese tiempo vivíamos en casa de la abuela del progenitor, donde ahí también vivían sus papás y sus hermanos. Era un terreno grande y dos casas pequeñas, sin privacidad, sin comodidad, sin una habitación propia, solo cumpliendo con mi maternidad.
Un 31 de mayo me llamó mi abuela para felicitarme por mi cumpleaños de hacía cinco días y felicitarme por mi niña. Fué la última vez que escuché su voz, alcancé a decirle "Se llama igual que tu, abuelita" Al mes de esa llamada ella falleció. Curiosamente un 29 de junio, el día de San Pedro y San Pablo y digo curiosamente porque muchos 29 de junio me tocó pasarlos en su casa y ella lo mencionaba; "Hoy es día de San Pedro y San Pablo" como si fuera una premonición. Ella era una mujer algo esotérica, leía las cartas, tenía una mirada penetrante, a veces parecía que adivinaba lo que pensabas. Le encantaba tener su casa limpia, oliendo bonito, le encantaba la coquetería, siempre maquillada, perfumada y bien vestida, padecía algún tipo de esquizofrenia. A los casi 31 años de haberse ido de este mundo, la hecho de menos.
No fui a su cepelio, no había la manera.
A diferencia de mi abueno, yo a los 19, no tenía algo que me hiciera sentir coqueta, ni un bilet o un vestido lindo, ni tener la oportunidad de escoger las prendas que traía encima, no había zapatillas o un perfume. Solo ver el entorno y entender que yo no tenía ni un peso a la mitad. Para mis niños tampoco había mucho, sin embargo los cuidaba con tanto amor que no veía nada de eso en ellos. Para mi eran perfectos.
A los dos meses de fallecer mi abuela regresé a Guaymas, ya con mi familia, ya para que, pero fuimos. En ese tiempo me preocupaba que mi niño no caminara, ya tenia un año y cuatro meses. Solo la preocupación existía, pues no había información, ni educación, ni acceso a un buen servicio médico. Nos fuimos al mar sin mi Mary, que dejarmos encargada con mi mamá de las pocas veces que me apoyó con sus cuidados, cosa que tampoco quería, no le tenía confianza, mucho menos después de que le dejé un par de horas a Mely a sus cinco meses y la encontré con la mano pintada de un golpe en su piernita. Me quedé tranquila porque mi mamá no estaba sola, estaba una tía con ella y mi niña se había quedado dormida.
En la playa empezó a caminar mi niño, me sentí la más feliz. Tomamos fotos del suceso. Ahora me veo en esas fotos, tan niña, tan delgadita, pero tan entregada a cuidarlos y ellos tan perfectos.
A los meses, una buena noticia, había una convocatoria para comprar una casa, fuimos, escogimos y resultó ser que la casa la cambió con su papá y nos fuimos a vivir a la que le había tocado a el señor. Nunca me consultó, no me tomó en cuenta, una señal más de que el no era el indicado. El día que me enteré ya no quería estar con el, la casa a donde nos iríamos a vivir era una broma del gobierno, demasiado pequeña, demasiado lejos, sin acceso a nada, sin privacidad.
Llegamos a esa casa a finales de noviembre, no nos quedaba más, era comparla e irnos a vivir ahí o quedarnos con su abuela. No teníamos más que una cama y la cuna donde dormían los tres niños, no cabía más en la habitación, no había espacio donde se pudiera uno sentar cómodamente, la casa no tenía cerco, ni nada que la protegiera, sentía a veces que era la casa de Dorothy en El Mago de Oz, desprotegida, flotando con nosotros dentro.
Ahi empezamos de cero, así se lo propuse al progenitor. Ser una familia, ser diferentes a nuestros padres, ponerla bonita, hacer habitaciones para los niños. Yo nunca le pedí mucho para mi, creí que el trabajando y yo siendo una buena ama de casa podíamos hacerlo. Pero era algo que soyo yo creía y quería. Y así pasaron los días, volviendo a lo mismo de siempre. Despedir al progenitor muy de mañana y no volver a verlo hasta muy noche, ya que mis niños dormían.
Mis días eran sobrevivir, sola, con unos cuantos pesos en la bolsa, pidiendo fiado, solo preocupada por alimentar a mis niños, sin saber qué hacer porque estaba atada a ellos, tenía que cuidarlos. No quedaba más que ir con mis padres. Gravísimo error, yo no tenía que estar, ni que ir, pero no quedaba más, era eso o no comer, mis padres nos alimentaron mucho tiempo. Cuanto les agradezco a ellos abrirme la puerta de su casa, siempre.

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