jueves, 23 de abril de 2026

DIESICIETE AÑOS


1993, llegaron mis 17 años con una bebé en brazos, con una carga emocional bastante pesada. Muchas veces sola, esperando a que el progenitor llegara. Largas días, largas noches. Mientras todas las que habían sido mis amigas estaban escogiendo una carrera univeristaria yo no podía escoger siquiera estar cansada. La maternidad es compleja, la primera vez estamos a prueba y error y ser mamá adolescente sin una red de apoyo es realmente frustrante. Hoy volteo hacia atrás, veo a esa niña de 17 años y la admiro. Me gustaría decirle tantas cosas, pero lo que decidió hacer está bien, así tenía que ser.

Al poco tiempo de nacer mi niña, no teníamos ni para comer, no tuvimos más opción que vivir en casa de mis papás un tiempo. Apretujados en lo que fue mi habitación, con mi hermano en desacuerdo. Yo, viviendo frustrada porque no había nada que elegir, ni que hacer más que cuidar de mi bebé, no tener voz ni voto en la que hacía poco era mi casa, estar arrimada, dar molestias, esperar con ansias que el papá tuviera la solvencia para irnos.

Encontramos un departamento, algo sencillo en una vecindad, nada caro en realidad. Ilusionada en empezar de nuevo, con la idea de tener la familia perfecta, mientras subía y bajaba escalones a diario, lavar la ropa en la azotea, entretenerme viendo al techo, sin nada que ver, sin nada que leer o escribir, sin escuchar música. Me ahogaba el silencio y me frustraba ser solo útil para maternar. Recibiendo golpes y días enteros de abandono, llegando en las noches ebrio, sucio. Recibía sexo confundiendolo con el amor que esperaba, solo eran eso mis días. Despedirlo antes de las siete, recibirlo casi al día siguiente, nuevamente ebrio, sucio, a pedir lo de siempre.

Me sentía cada día más cansada, el aburrimiento durante el día me vencía en sueño y las noches en vela buscando una salida, una solución. Mi mamá nos prestó un televisor que de repente servía después de darle 20 golpes a la caja, el nunca tuvo la intención siquiera de buscar la forma de comprar uno, como nunca estaba en casa, no lo veía necesario.

En diciembre me di cuenta, estaba nuevamente embarazada, fuimos al médico, tenía casi cuatro meses. El enterarme me voló la cabeza, todo se volvería peor, una doble responsabilidad y sin nada que darles. Me daba vergüenza decirle a mis padres y cuando lo hice no dijeron nada, solo se encargaron de alimentarnos. A veces mi madre no estaba, pasaba largas temporadas con mis abuelos y nada más me quedaba que ir con los padres de el, a escuchar problemas ajenos, gritos, situaciones desagradables. Encontrarme con incomodidades. Solo me llenaba de ilusión sentir a mi bebé moverse, sus manitas recorrer mi vientre y decirle a mi niña que adentro de mi estaba un bebé, que iba a tener un hermanito, a su corto añito parecía entenderlo.

Un seis de abril cayendo la tarde, el progenitor había salido a jugar dominó, lo fui a buscar a la vuelta de la cuadra. "Siento el mismo dolor de la otra vez, llévame al médico" Esta vez reaccionó. Nos informaron de sufrimiento fetal, creo que le pasé todo mi dolor, creo que se sentía en alerta por todo lo que tenía que aguantar. En la madrugada decidieron llevarme a quirófano. No había ginecólogo, me operaron mal, me quedé dolorida, lo qué fisicamente me ha dolido más en toda la vida. El dolor de la cirugía era insoportable. Lloré toda la noche, incluso dormida, no imaginaba que venía algo peor.

En la mañana me informaron que era un niño, mientras tenía que recuperarme para ir a verlo. Habían pasado dos días y no me habían llevado a ver a mi niño, me parecía extraño hasta que me dijeron que algo no estaba bien. Cuando por fin lo pude ver se inactivó mi dolor físico, lo ví pequeñito, en una incubadora, respirando con dificultad. Pesaba 2,225 gr. y medía solo 43 cm. Su pecho se sumía en cada inspiración, era lo más frágil que había visto en la vida. La enfermera en turno me dijo que había tenido nueve paros respiratorios, lo bautizó con el nombre de Manuel de Jesús.

Me dieron de alta y me enfoqué en las breves visitas, 15-20 minutos al día. Lavaba mis pechos para poderlo alimentar, sin experiencia y sin red de apoyo la lactancia no se pudo concretar. Otra vez no podría amamantar, con mi niña fue imposible por una infección urinaria. Mientras Manuel estuvo ahí por las noches me sentía vacía imaginando el estaba solito en ese hospital, sin podernos tener cerca. Nos fuimos a buscar un respirador por recomendación médica. Fuimos a todos los hospitales de la ciudad, hasta que al último, al que yo ya no fui, a el le prestaron uno. Nos sentimos aliviados. Once días estuvo mi niño ahí, no necesitó el respirador. Una noche cuando fuimos a visitarlo acordamos primero pasaría el a verlo, una gran alegría cuando lo ví bajar con mi bebé en brazos. Aún recuerdo la felicidad de ese momento. "Mira mi niña, el es tu hermanito, se llama Manuel". El niño más frágil, el más fuerte también. Ahora no había nada más importante que cuidar de el.

miércoles, 22 de abril de 2026

Dulces 16


Había iniciado nuevamente tercer año de secundaria, ahora en una escuela pública. Otro ambiente, donde si tenía amigos. Lógico, chicos en un ambiente similar al mío, familas disfuncionales, hijos de madres solteras, criados por sus abuelas, con situaciones económicas complejas. No fui la chica popular, pero sentía que encajaba.

Vivía en un sueño rosa. Mi papá había aceptado el noviazgo, creyó que lo mejor era que me visitaran en casa. Terminé la secundaria y casi de inmediato me embaracé. Claro, era de esperarse. No sabía como manejar la situación. Mi mamá ya sospechaba y aun así decidió irse a casa de mis abuelos, quizás tenía miedo de enfrentar esa realidad. Pasé días pensando; ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo decirle a mis padres? ¿Qué iba a suceder? 

Hubo muchas señales de que no era el indicado, pero no las ví. Una de las más importantes es evadir la situación con mis papás. Nunca habló con ellos y su mejor plan para resolver esto fue abortar, cosa a la cual no accedí. No hubo siquiera intención de su parte de formalizar la relación, su mamá lo sugirió, pero no pasó de ahí. Nos fuimos a Guaymas. El no se que hizo esa madrugada, pero yo llegué a casa de mis abuelos y recibí una buena regañada por parte de mi mamá, quien estaba alertada por mi papá; no había llegado a dormir.

Una tía sugirió abortar, nuevamente me negué, mi abuela me apoyó. Regresé a los días a Obregón pero ya no a mi casa, sino a casa de sus papás, a iniciar una vida de señora a mis 16. Yo no estaba muy cómoda, lo único que me hacía sentirme bien era que había un pequeño ser dentro de mi. Ponía mis manos en el vientre, sentía como se movía. Disfruté la gravidéz.

Vivimos en varias partes en pocos meses, consecuencia de su poco compromiso, de mi inexperiencia también, por no saber huir, eso hubiese sido lo ideal. Muchas, muchas señales de que el no era el indicado y la peor ocurrió una tarde en la puerta de la casa, una cachetada frente a los vecinos, me quedé dentro varios días, me daba pena salir, como si yo fuera la culpable del peor delito. Lo perdoné.

Salí, mi papá me recibió de nuevo en su casa, y aunque a mi hermano le molestara mi presencia, había días que no me quedaba más, algo que después entendí no era bueno para nadie. Las aves no regresan al nido cuando saben volar. Y no, no sabía volar, pero yo había huído del nido.

Llegó el invierno, la navidad, mi vientre crecía. Renegaba por eso, no había ropa que se acomodara, yo solo tenía 16 años y aunque deseaba a mi bebé, aún era una niña. Lloraba, me frustraba por no hacer nada que me gustara. Y para colmo descubrí la gran mentira; el no era profesor como me había dicho, me engaño durante un año y medio. Lo perdoné.

Un 24 de marzo, sentada en casa de mis padres, llegó una señal, un dolor en mi cuerpo que nunca había sentido. Le rogué para que fuera por mi. Inmaduro, evitativo al compromiso, no ea el indicado. Llamé a casa de mis padres para avisarles me harían una cesárea. Contestó mi papá, me dijo que estaría pendiente. Al fondo se escucharon los gritos de mi madre "Ay como chinga, a qué hora se le ocurre" Después de lo vivido con el progenitor, ahora un golpe más al alma. ¿Cómo pude con todo eso?

 En la madrugada del 25 de marzo, nació Melina Alejandra pesando 2,225 gr., midiendo 51 cm. Mi primer amor, mi  primera experiencia como mamá. Ahora mi mundo eran cuatro paredes, constantes cambios de pañal, biberones, mucha ropa que lavar y la felicidad inventada de que yo tenía una familia, que aquí todo sería diferente.

martes, 21 de abril de 2026

Mis XV años


Nunca me llamó la atención tener una fiesta de quince años, mi papá me preguntó y yo le dije que no me interesaba.  Me había llevado con una modista a ver las telas y supongo se dió cuenta que nada era de mi agrado. Yo solo tenía experiencia con la fiesta de quince años de mi hermana, la cual se me hizo casi como lo que es un funeral, fue en la casa, sentados en la sala. No hubo misa, que en ese entonces se me hacía lo más importante. Mi tía Rosa nos llevó a la iglesia a dar gracias y de regreso a la casa. Ojalá ella se la haya pasado bien, pues fueron dos o tres amigas suyas. Eso si, me acuerdo bien del pastel con betún de mantequilla, estaba delicioso.

Y pues bien, a días de ese 26 de mayo de 1991, mi papá me llevó a una tienda departamental. "Escoge lo que más te guste, tengo para ti $10,000.00 ¡Un perfume, papá, quiero un perfume! La recomendación fue Laguna de Salvador Dalí. Hasta la fecha lo uso. Un par de blusones, y no se que cosas más al mero estilo de Tatiana que era de mis artistas favoritas de esa época.

En ese entonces yo tenía novio. Quizás el primer muchacho del que me enamoré de verdad. Me encantaba su trato, me hacía sentir bien. Justo el día de mi cumpleaños, mi tía Chalita (que pues obvio no fue, porque familia de mi papá) envió un pastel a la casa, mi papá llevó refrescos y me dijo: Invita a tus amigos. Llegó mi abuelito, mi tía Rosa y mi prima Rossy. No invitamos a mi tía Josefina ni a nadie de su casa, en ese tiempo no la estaban pasando bien. Empezamos a quitar las telarañas, literalmente. Dejamos lo mejor que se pudo la casa. Tomé la bocina del teléfono para invitar a mi novio, alguien contestó. A lo lejos escuché su voz en un grito "No voy a contestarle" Me dijeron que no estaba. Colgué, cerré los ojos, pensé que quizás había escuchado mal. Fui a buscarlo, vivía cerca, nadie abrió. Llegó un amigo, me dijo que necesitaba hablar conmigo. El no va a venir, el ya no quiere andar contigo. Lloré, lloré como una loca, porque de verdad yo le quería, porque yo me sentía bien a su lado. Me tomó los hombros y con su mirada entendí. Me limpié las lágrimas y traté de pasarla bien.

Ni una foto hay del suceso, mis papás ni siquiera estuvieron presentes. Pastel y refrescos, platicas, risas...Ya al final, un par de muchachos que tocaban la guitarra, mi abuelito escuchando. Cuanto lamento no tener ni una foto de ese momento. 

Después de ese día, todo mermó en mi, se me quitaron las ganas de comer, de ir a la escuela. Tan así que hablé con mi papá, ya no quería ir a esa escuela, el accedió. No lucho, no me persuadió, solo puso como condición no pagarme el siguiente ciclo escolar y que me dedicara a ayudarle a mi mamá en la casa, y pues como eso siempre lo hacía, me enfoqué en la iglesia. Pronto llegó un novio nuevo, luego otro y luego otro. Ese último era alguien que simplemente supo aprovechar el entorno donde no había nadie a mi alrededor, seis años mayor que yo, sabía bien lo que quería.

Una tarde, quedamos de vernos en la esquina, no entiendo hoy ni como me convenció ni qué razón hubo para vernos. Mi papá salió a buscarme porque de pronto yo desaparecí de casa. Me subió al carro y al llegar a casa recibí la peor golpiza de mi vida. Como odio recordar ese día, cuanto me lastimó el cuerpo y el alma. Lo odié y esa fue la oportunidad de mi mamá para hacerme a su lado. Y lo peor que pudo pasarme para odiarlo más fue haber golpeado a mi mamá a los días. No se como obtuve fuerzas, lo separé de ella, le dije que era la última vez que golpeaba a mi madre, espero haya sido así. Lo amenacé con denunciarlo. Era un ser vil, malévolo y toda su familia así era. Ahora me veía a escondidas con ese novio, mi mamá estaba de acuerdo, hasta íbamos a su casa. A los pocos meses fue mi primera vez, una primera vez donde yo toqué el botón de mi pantalón y el aprovechó la ocasión. No me di cuenta, todo fue confuro. Ahora entiendo se aprovechó de mi, ahora entiendo era un delito, pero el romantizó todo para que estuviera a su lado. Hoy no veo sentido en nada de eso, es como si mis papás deseaban que me fuera, como si les estorbaba mi existencia. No tardó en volverse su deseo realidad.

lunes, 20 de abril de 2026

LOS CATORCE AÑOS


A mis 14 años salí de segundo de secundaria. Las tardes largas en casa, viendo la televisión, leyendo la revista notitas musicales, escuchando la radio, sonaban Soda Stereo, Miguel Mateos, Los Enanitos Verdes, Yuri con su muy sonado El Apagón, Chayanne, Timbiriche, Caifanes y Caló. En televisión la telenovela juvenil Alcanzar una Estrella. Ay, me encantaba ver esa telenovela, me encantaba la pareja de pantalla; Ricky Martin y Sasha.

Una de las tantas tardes sentada en el porche de la casa, mientras mi mamá regaba sus plantas, pasó una vecina con su hija, era un año menor que yo. Nos presentaron y me invitaron a cantar al coro de la iglesia, una iglesia que no estaba en mi colonia, ni estaba cerca de mi casa. Cpnocí a muchos jóvenes de mi edad, personas que se quedaron para siempre en mi corazón, ahí viven aún, a pesar del tiempo y la distancia. Empezando por Verónica, quien me invitó a cantar al coro. Rubén, Ana, Karina, Ramsés, Rafael (Beco), José Ángel (Jojo) y tantos más que nunca olvidaré.

El ambiente del coro de la iglesia me había envuelto, ahí me sentía cómoda, todos me hablaban, no había alguien que me hiciera menos como en la escuela, y el ambiente era mucho mejor que estar en casa. Días de ensayo, los domingos cantábamos en la misa. Mis papás nunca fueron a un ensayo siquiera, no conocieron la iglesia en ese tiempo, jamás fueron a llevarme o se tomaron el tiempo para ir por mi. No se qué hacían mientras yo me iba con los compañeros del coro, ni ellos tenían clara idea de que hacía yo, pero me soltaron, me dejaron sola, sin más. 

El tema de salir del ambiente, es tener siempre a los padres presentes y eso fue lo que faltó en mi caso. Mis papás seguían en su mundo, mientras yo empecé a convivir con mucha gente. No por estar en la iglesia, significaba que todo estaba bien, sobretodo a la edad de 14 años. Obvio, me gustaban algunos chicos y claro que yo le gusté a varios y por ello, esta época, fue un parte aguas en mi vida. Novios, muchos novios, Primero fue Manuel, después Guillermo, luego Agustín. A todos ahí los conocí.

El coro pasó a ser mi hogar, los compañeros mi familia. Fue ese año que nos invitaron a un Encuentro de Jóvenes en San Luis Rio Colorado. Sin mucho problema me dieron permiso, ni siquiera me fueron a dejar, me fui sola hasta la iglesia. ¿Qué pasaba con mis papás? No se, solo entiendo que sus problemas eran tan fuertes que simplemente se sentían seguros que yo estuviera en la iglesia. Y yo en un corto tiempo tuve varios novios, cosa que no estuvo bien y nunca nadie me lo dijo.

No era raro que mis papás se comportaran así, alguna vez llegó una visita a casa y ellos se fueron a tomar una siesta mientras esa persona me tocó. Nunca lo supieron, ni tampoco de un médico que me auscultó y me tocó los pechos mientras se exitaba. Demasiada confianza, poco interés...

domingo, 19 de abril de 2026

SI YO TUVIERA 13


 Contrario a la película estadounidense, donde Jenna de 13 años, desea tanto tener 30, hasta que un día despierta en su yo del futuro, así he deseado despertar a mis 13. Pero como dice el autor japonés Toshikazu Kawaguchi; viajar al pasado no cambiará el presente. Sin embargo, como deseo estar frente a mi yo de 13 años para decirle lo maravillosa que es y lo que puede lograr si se lo propone.

Llegamos a una nueva casa, más pequeña que la anterior, donde salió el peor lado de mi mamá. Aunque dejó de golpearme, no paraba de humillarme frente a mi hermano, haciendo que el me viera como una tonta, rompiendo lo que pudo ser un lazo de apoyo y compañía para siempre. Mi papá se tornó más violento, sus problemas me afectaban, yo ya no deseaba estar ahí, ni en esa escuela. Su trabajo lo tenía ahorcado, cada quincena era un "ya me van a correr, el banco está en quiebra". Yo quería trabajar, ganar mi dinero, tener la posibilidad de comprarme mis cosas, muchas niñas lo hacían en aquel tiempo. Mi mamá solo se limitaba a decirme que no, que yo era hija de un licenciado y que no me iba a exhibir trabajando.

Mis días pasaban de largo, escuchando música, en la radio sonaban La Incondicional, La Chica de Humo, Oh Mamá y Cuéntame, me la pasaba acomodando mi cuarto, queriendo tener un ambiente mejor, soñando. Pronto empecé a salir, a conocer a los vecinos. Me invitaban a sus casas, a mi me daba pena invitarlos a la mía, siempre sucia, con todo amontonado, mi mamá desaliñada, gritando.

Y en ese ambiente continuaron mis días, medio me fui adaptando a la nueva escuela, al camino de ida y vuelta, De pronto, sin saber el momento exacto, surgió una relación de complicidad con mi mamá, quiero creer que Dios intervino. Hubieron momentos muy bonitos a su lado, me sentía tan plena en esa comunión con mi mamá, frecuentemente ibamos por las tardes a casa de mi tía Josefina, hermana de mi papá. Era ahí donde podía sentirme un poco feliz, jugar con mi sobrina Yessika, quien es un año menor, mi mamá se sentía agusto, supongo, aunque era mucho criticar, mucho hablar mal de los demás y eso no estaba bien.  Un 09 de mayo de 1989, regresando de visitar a mi tía Josefina pasé por una banqueta, una señora regando sus rosales, le pedí una flor para mi mamá porque no tenía que regalarle el día de las madres, ella me hizo un ramo. Llegué a casa, le gustaron tanto, las colocó en un cuadro de Jesús. Creo es lo más bonito con ella a mis 13 años.


DOCE


Llegaron los doce, llegó la mudanza y llegamos a Cd. Obregón a vivir a casa de mi tía Chalita. Me inscribieron en un colegio donde cursaría el sexto año de primaria, el instituto era algo distinto, ahí las maestras eran monjas, solo habíamos mujeres.

Mi mamá no soportó estar en casa de mi tía y se fue a Guaymas, me dejó con mi papá. Con mi tía vivía mi prima Gracia, de la edad de mi hermano. La situación no era agradable, tanto hablarnos mal de la familia de mi papá hacia que no hubiera la suficiente confianza. Todo eso hacia que mi mente divagara en la hora de clases y perdiera lo poco que quedaba de aquella buena alumna.

Pensando en que lo mejor era que estuviéramos juntos, mi papá rentó una casa, mi mamá regresó. Volvieron los gritos, las discusiones, los golpes. Nunca he olvidado como mi mamá perdió el control una tarde y no paraba de gritar "quiero mi casa, quiero mi casa, quiero mi casa..." Eran situaciones que hoy se que eran extremas, no merecíamos vivirlas, nadie nunca vio la necesidad de tratar a mi mamá, estaba enferma. 

Entiendo que su desequilibrio mental hacia también que su glucosa se disparara. La Vi en varias ocasiones internada, pero nunca le creí sus jadeos y quejas, siempre pensé y sigo pensando hasta hoy, lo hacía para no hacer nada, para hacer lo único que le gustaba, estar acostada.

Y así, desatendida, asistía a clases, porque a los 12 años aunque ya no necesites ayuda si requieres supervisión y nadie lo hacía. El uniforme arrugado, la mochila sucia, el cabello sin peinar, todo dio pie para ser la apestada, a la que hacían a un lado, a nadie le importó yo fuera la nueva, yo era la sucia.

Y así pasaron semanas y meses, fuimos a ver casas, hasta que por fin hubo una casa que nos gustó y fue ahí donde como familia nos asentamos, dónde nunca más tuvimos lo que en Caborca. Mi hermano siempre extrañó a sus amigos, a pesar de que hizo muchos nuevos y lo buscarán decenas de muchachos por la casa, dejó, dejamos el mundo que conocíamos.

La Navidad volvió a llegar y ya no me sentía cómoda de ir con mis abuelos, sentía lástima de dejar a mi papá en casa, solo. Ni siquiera sentía la necesidad de estar con mi hermana. No quería estar sola con mi mamá y con mi hermano. Seguimos viajando a Guaymas, a casa de los abuelos en casa oportunidad.

 Los doce se repitieron dos veces más. Parece una maldición.

viernes, 17 de abril de 2026

ONCE


Mis once años, una etapa triste, difícil, duele recordarla. Mi papá tomó la decisión de regresar a Cd. Obregón, pidió su cambio. Mi mamá no quería regresar, ni siquiera porque estaría más cerca de sus papás. Entendí después que Caborca, se había convertido en su lugar seguro, a pesar de esa distancia, de los malos tratos, de estar deprimida.

Mi mamá cada vez era más dura conmigo. Yo me sentía continuamente ofuscada por como vivíamos, entre polvo, cúmulos de cosas, cerros de ropa. Me empecé a hacer cargo de la casa a la vez que iba a la escuela. Mi papá se fue a Cd. Obregón y a los meses mi hermano para que terminara el primer año de preparatoria mientras yo terminaba el quinto año de primaria. Un infierno habernos quedado solas. Pasaban días sin un plato de comida en casa, golpes por cualquier cosa, noches enteras de dormirme a las tres de la mañana viendo en televisión cosas no aptas para una niña de once años. Hubo un día que no soporté más, tomé el teléfono para marcarle a mi papá, ojalá nunca hubiera levantado la bocina, jamás volví siquiera a intentarlo, ella era más fuerte que yo, ella no me dejaría nunca decirle que tenía mis piernas marcadas, nunca pude llamarle implorando auxilio, recibía cartas donde me aconsejaba, pero me hacía falta. Nunca supo esto.

Llegó el invierno, luego Navidad, volver a casa de los abuelos, esos ecos de felicidad que en realidad era ser infeliz en otro lugar, Adriana y Rossy, mis compañeras, lo único bueno que yo tenía. Los temas entre mis padres eran tal que ya mi papá se incomodaba de ir a casa de mis abuelos. Regresar de nuevo, a ese ambiente hostil, volver a casa porque así tenía que ser, volver a la escuela donde no encajaba ya con nadie, donde me ausentaba por semanas, donde empecé a ser vícitima de burlas. Una tarde, tomé un frasco, siete aspirinas quedaban, pero no pasó nada. ¿Cómo se puede estar tan deprimido a los once años? Hoy veo atrás y entiendo perfectamente a esos pequeñitos que atentan con su vida, sin amor, nada vale la pena a los once años.

Los días se hacían eternos y aún así llegó la primavera, con ella la primera menstruación, con ella el primer momento que como mujer necesité a mi mamá y recuerdo lo hizo más por obligación que por otra cosa, porque no le quedó de otra o qué se yo. Era una semana santa, estabamos en casa de mis abuelos. Faltaban pocas semanas para terminar el colegio, tomé la iniciativa de empacar para la mudanza, sentía que irnos de ahí nos llevaría a una nueva vida.