martes, 5 de mayo de 2026

2005, 29 años de edad


No recuerdo siquiera que pasó en mi cumpleaños 29, solo se que estaba descansando un poco del semestre que acababa de terminar. Los días se iban 3n la rutina de los niños, en que Melina estaba por terminar su primaria y en la situación de mi mamá. Una tarde al ir a visitarla la encontré en la cama, orinada, ida. No se cuanto tiempo tenía así, pero fue impactante verla y mi reacción no fue la mejor. No puedes dar lo que no has recibido. No es justificación, pero le dije que era el colmo, que yo no podía con eso, que pensara en que tenía hijos que me necesitaban y que eso era primero.

Poniéndome un poco en su lugar, creo que no paraba de pensar en la mala decisión de corrernos a todos de su casa, principalmente a mi papá, que era su sostén, corrernos a nosotros que bien o mal nos podíamos hacer cargo de ella, de hecho lo hicimos y no supo valorarlo. De saberse sola, que no contaba con nadie, excepto algunas vecinas que por compasión le compartían comida. Es duro recordar esto. Recuerdo desde muy niña escuchar a mi mamá quererse morir, que ya no deseaba continuar. La única salida era llevarla a algún lugar, pues mi papá ya no quiso volver, supongo el si tenía un poco más de amor por la vida.

Ese año ingresamos a mi mamá a un asilo. Qué decisión tan difícil pero sanadora, hubo quienes nos dijeron habíamos tomado la mejor decisión, hubo muchos que nos juzgaron, que vieron en eso un abandono, como si mi mamá nos hubiera estorbado y la fuimos a dejar ahí. Eso también dolía y mucho. La realidad es que mi mamá estaba enferma, había muchas patologías en ella que no estaban detectadas. El que mi mamá estuviera ahí era un alivio para mi. Estaba atendida, tenía alimentos, ropa limpia y un lugar donde vivir.

Cerramos la casa, no volvimos en mucho tiempo. Mi mamá solo tenía 63 años cuando ingresó, ahora que a mi no me falta mucho para llegar a esa edad, me da mucha tristeza que alguien, que mi madre haya pasado por eso. 

La vida tenía que continar. A los meses cobré un dinero que me dejó mi tía Chalita, fue la primera vez en la vida que tuve dinero que fuera mio, que no tenia que deberselo a nadie, solo a mi tía. Recuerdo que esa vez llegue a una tienda a comprar algunas cosas para mis niños y lo primero que tomé fue un frasco de crema de cacahuate. Cuando llegué a casa les pedí que tomaran con el dedo directamente del frasco. ¡Qué momento más lindo! Con ese dinero me compré mi primera computadora y una cámara digital.

Llegó el nuevo semestre y me enfoqué en mis estudios, ya no tenía tanto pendiente con mi mamá, a ella iba a visitarla los fines de semana, no podía hacer más, no podía abandonarme, no quise y no he querido seguir ese ejemplo, mis hijos estaban pequeños aún.

Melina entró a la secundaria, Manuel y Mary regresaron a la escuela anterior. Los días en la universidad despertaron a aquella niña de primaria que se exigía a si misma, así que trataba de llevar la mayoría de materias, entregar tareas en tiempo y forma. Me adentré tanto en ello sin imaginar que el incipiente rol que tenía el progenitor afectaría mucho nuestras vidas.

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