Cuando cumplí los 31 ya había terminado el sexto semestre de la licenciatura, me sentía soñada, a punto de terminar, solo faltaba un año. Ya había hecho mi servicio social y las prácticas profesionales. Empecé a buscar trabajo, pero en todas las entrevistas querían experiencia y gente más joven. ¡Dios, solo tenía 31 años! Otra de las objeciones que me daban era el ser mamá. Pero las empresas parece que solo visualizan que un día tus hijos se van a enfermar y vas a faltar, o pedirás permiso por los festivales, no se yo. Nunca imaginan el gran compromiso que como madre tienes y lo enfocada y productiva que puedes ser con tal de llevar un salario a casa. Así que no hubo una sola oportunidad para mi.
Seguí enfocada entonces en mis niños, en el verano universitario, en salir adelante. La situación con el progenitor seguía igual, el con su vida y yo con la mía, solo compartíamos la casa y la cama, cosa que ya me parecía un tedio. A veces me sentía mal por el alivio que me daba que estuviera fuera. El era quien nos sostenía económicamente (o eso parecía).
Mi papá fue en esa época a recoger un dinero que había dejado mi tía Chalita en una cuenta mancomunada a Estados Unidos. Al regresar me entregó una cantidad en dólares, pidiéndome que yo le administrara hasta que se le acabara. ¿por qué confiaría en mi? ¿por qué me daría a mi esa responsabilidad? ¿por qué no se hizo cargo el de sus cosas, de eso tan personal? Sin saber qué hacer, sin conocimientos financieros, se me hizo fácil dejar el dinero en un cajón. Así, semana tras semana le daba el dinero a mi papá. Administraba sus finanzas a la vez que yo gastaba lo que me dejaba mi tía en comida, en cosas de la escuela y necesidades de mis niños.
Al principio todo iba bien, cada semana yo contaba lo que le daba a mi papá, lo que quedaba y lo que me quedaba a mi. Me fui dando cuenta que faltaba dinero, pensé era una travesura de Manuel, hasta que descubrí al progenitor tomando el dinero. Días atrás le había contado mis sospechas y el prefirió que creyera era mi hijo el que tomaba el dinero. Era el colmo, tener que soportarle hasta eso. Definitivamente ya no lo quería, ya no soportaba su presencia,me había decepcionado en todos los aspectos. Solo soñaba con salir adelante, con tener la oportunidad de trabajar, tener mi propio espacio y dejarlo.
Y así se terminó el séptimo semestre, pensando que ya era la recta final, un semestre más y terminaba mi licenciatura.
Ahora ya teníamos una casa más cómoda, ahora yo ya tenía una oportunidad a futuro con la licenciatura, ahora los niños estaban más grandes, ahora mi mamá ya estaba en un lugar mejor, cuidada y atendida, ahora el progenitor seguía igual y me visualicé en unos años y no, no quería estar ahí. Puse de pretexto la situación de la casa, ya estaba harta de que el abogado fuera casi a diario a la casa por el tema de las mensualidades atrasadas. Hablé con mi papá, me iría a vivir con el, nos aceptó. Dos días después de Navidad nos fuimos mis niños y yo a vivir con el.
Inició el 2008 y no, nada fue bueno, no había ni dinero para el último semestre y lo dejé pasar. Me fui gastando poco a poco el dinero que me había dejado mi tía, tomaba un poco de lo que me daba el progenitor para mis hijos y con eso nos mantuvimos.
En marzo de ese año Melina cumplió sus quince años y no hubo más que una comida en un restaurante chino, no hubo nada de parte de nadie para ella y vi como a el le importó lo mismo que siempre, que no había hecho nada en meses para resolver nada, ya no lo esperé más, ya había sido suficiente, lo descarté de todo pensamiento, de toda esperanza.

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