A mis 34 años me dedicaba a trabajar, llevar un par de materias en la universidad, dedicada a Melina, deprimida porque Manuel y Mary habían decidido irse a vivir con su papá. Con Mary había una situación compleja, su estancia a veces con el progenitor, otras conmigo, no sabía que hacer, pero me dolía mucho no poder retenerlos. El con su actitud permisiva, tal como me retó, con la mano en la cintura me los quitó.
Traté de iniciar una tesis o un trabajo de investigación, el tutor no se interesó en mi y yo entre la depresión y la emoción de alguien nuevo en mi vida que juraba amarme, que prometía me iba a cuidar. El no tener un ingreso suficiente, todo se sumó para no continuar, así que me enfoqué en el trabajo del cyber café, en no tener amigos, en ser un ente solamente. Lo poco que me divetía era cuando convivía con ese novio con el que recién tenía una relación.
A veces pienso que esa persona vió en mi a esa persona en la que me había convertido después de que me separé; una mujer segura de si, trabajadora, dedicada, seria, la presa perfecta para alguien que disfrazado de oveja no era más que un lobo, un depredador de autoestima. No tardó en decirme que no quería separarse de mi, pero le hice ver que no tenía a donde llevarme, lo entendió, pero de pronto yo me aferré a la idea de que alguien si me quería, de que alguien apreciaba mi compañía, la que el progenitor cambió por otra, la que mis hijos habían rechazado, me sentí necesitada de entregarme en cuerpo y alma.
Al poco tiempo encontré otro empleo, algo un poquito más remunerado, la promotoría de un laboratorio farmacéutico dentro de una tienda de autoservicios. Daba lo mejor de mi, esta experiencia era mucho mejor que estar sentada en una silla de escritorio. Este tipo de ventas, a comparación de la del sorteo de la universidad me venía bien.
Los fines de semana venía el novio o yo viajaba para verlo. Ya no pude adaptarme a los tiempos de la escuela, solo me hacían falta tres materias. El sueño de terminar, de titularme, se quedó en estado latente. Un cierre temporal. La vida se trataba ahora de ser mamá de una señorita de preparatoria, dos hijos que no querían vivir conmigo, de un papá en depresión permanente.
La casa la vendimos bajo una promesa de venta, un año más y se pagaría. Yo me sentía cada vez más necesitada del novio y yo lo necesitaba a el para sentirme amada, para llenar esos vacíos que habían dejado los demás, así que se me ocurrió preguntar a mi jefa, que si había manera de cambiar mi trabajo a Hermosillo y me dejó en lista de espera.
No tardó mucho tiempo, había oportunidad para cambiarme, sabía que en Hermosillo encontraría más oportunidades de empleo y que utilizaría esta oportunidad como un trampolín, no lo pensé más, yo tenía que irme de Ciudad Obregón, yo tenía que dejar todo atrás, dejar esa ciudad donde no podía crecer, donde me habían hecho a un lado. Y sin pensarlo yo cometí ese mismo error al marcharme, dejé a mis niños. Mely se quedó con mi papá, recién nos habíamos mudado a una casa pequeña, pues la casa de mi tía Chalita la habían vendido.
Sin pensarlo mucho, un 18 de noviembre de 2010 llegué a Hermosillo. Llegué con 34 años, llegué con una maleta cargada de ilusiones, llegué y me impresionó todo lo que había aquí, me vino bien el estilo de la gente, me vino bien la ciudad, lo que no me vino bien fue llegar a la casa que fue el hogar de una familia rota, donde no pude vivir ese tiempo de pareja que se debe tener al principio de una relación.
No quería darme cuenta del error que había cometido, me vendaba los ojos al darme cuenta en realidad como ese novio tierno y tan necesitado de mi, era alguien completamente distinto. No niego que seguía admirándolo, pero más que nada era el nuevo estilo de vida, el cambio de ciudad. Llegó la Navidad y regresé a casa para pasarla con mi familia, no olvidaré jamás que estuvimos juntos los niños, mi papá y yo y lo valioso del momento.
Me quedé sin empleo y me regresé, con la firmeza que si en 15 días no tenía algo nuevo ya no regresaría, ya había situaciones incómodas en esa casa. Me llamaron de otro laboratorio. Me fui con la esperanza de que me iría bien y quizás hasta podría comprar una casa, llevarme a mi papá y a mis niños, pensé que yo podía. Pronto el me despertó de ese sueño, con el sueldo que tenía no podría comprar nada, me hizo sentir y creer que yo no podía aspirar a eso, quizás fue miedo de quedarse solo, ahora pienso que pudo ser eso, o celos, minimizar mis capacidades. Pero enterré ese deseo de comprar mi casa, así como enterré mis sueños de terminar mi universidad.
No me iba tan mal para los gastos que tenía, o más bien me conformaba. Con poder ayudar a Melina con sus estudios, ayudar un poco en casa a mi papá, con eso yo era feliz.

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