Después de mi cumpleaños 43 decidí renunciar al trabajo. La chica que me había contratado ya no estaba y realmente yo me sentía cansada de remar contra corriente, gente sin valores ni escrúpulos haciendo como que trabajaban sin hacerlo, debut y despedida en eso de traer gente a mi cargo, no es para mi. Encontré un empleo mejor, era regresar a la industria farmacéutica y me gustó la idea. Era un buen sueldo y aunque no había buenas prestaciones, era lo que había de momento.
Pero ese empleo duró un suspiro, solo cuatro meses. Me enfoqué en buscar otra oportunidad y se dió, también en la industria farmacéutica, también con viaje a Ciudad Obregón, también podía ver a mis hijos y nietos y eso era fabuloso.
El 17 de noviembre nació Osmar, mi tercer nieto, un niño hermoso al que no pude conocer hasta 3 semanas después, pues nació muy prematuro y estuvo en cuidados intensivos todo ese tiempo. A mi hija le tocó ir todos los días a verlo. Sabía exactamente por lo que estaba pasando, solo estuve con ella el día después de la cesárea. Confiaba en que el progenitor de Osmar, al ser médico, cuidaría de ellos, pero no fue así. Había cosas, situaciones que a Marco y a mi, nos parecían raras, fuera de lugar, sin embargo me callé por no ser imprudente, por no meterme en una familia que no era la mía, aunque fuera mi hija debía tener respeto.
Mi hija estaba viviendo un infierno y yo no lo sabía. Vergüenza, miedo, no se que la orilló a callar tanto y no pedirme ayuda. No fue a pasar la Navidad, ni el Año Nuevo y yo pensaba que quizás todo estaba bien, tal como ella me lo decía. Tenía que confiar.
Llegó el 2020 y me prometí correr 2020 kilómetros, a veces hacía 3, otros días eran de 6, 8 y los fines de semana hacíamos 10 o 12.
A inicios de año encontré una nueva oportunidad. Inicié un nuevo proceso de selección, ahora tendría un puesto de supervisión, si, nuevamente con personal, pero eran solo dos personas y tenía mejor pinta. Algo estaba pasando a nivel mundial. Una nueva enfermedad, un virus ampliamente contagioso se propagaba. Entre a trabajar en esa empresa justo el día que anunciaron el primer caso de COVID-19 en México.
Al inicio había incertidumbre, después restricciones, había que lavarse las manos constantemente, usar gel antibacterial, cubrebocas. Marco tuvo que irse fuera a trabajar, casi un mes, se había ido a Nuevo León a cerrar una de las sucursales del negocio donde trabajaba, me quedé sola con mi papá. No hacíamos mucho, ver televisión, lo ponía a hacer ejercicio, se nos hacían largos los días, eramos solo dos, en silencio, angustiados, sin poder salir, sin poder seguir la rutina a la que estábamos acostumbrados y eso le afectó mucho a mi papá.
Cuando Marco regresó nos sentimos aliviados, más seguros. Seguíamos encerrados, así mi papá cumplió sus 80 años. A las semanas a Marco lo mandaron también a casa, teníamos miedo de que mi papá se contagiara y nos tuvimos que poner estrictos con nuestras salidas, con lo que entraba a la casa. Fue una época sumamente dificil para todo el mundo.

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