Escribir sobre esta etapa de mi vida me resulta dificil, hay espacios llenos de niebla, quizás mi mente trata de salvarme y rescatar solo lo bueno. Hay tanto dolor en esos años. . Hay mucha confusión con hechos y fechas, más nada se ha olvidado.
Mi tía Martha me propuso pagarme la preparatoria, ingresé a estudiar en una escuela a las afueras de la ciudad, en un pueblo, con una modalidad muy cómoda, era ir solo un día a la semana. Todo eso se adaptaba a mi. Pero pasó algo incómodo, al progenitor se le ocurrió hacer lo mismo, así que esa libertad que había imaginado de ir un solo dia a la semana a la escuela, a aprender y quizás hacer amigas se desvaneció. Era una carga muy pesada, yo sentía rabia hacia el desde que supe que usaba drogas y los síntomas de su abstinencia se los cargaba a la situación con mi mamá.
Yo jamás usé drogas, ni alcohol, ni siquiera tabaco, siempre he creído que hay debilidad y que son pésimos hábitos, cuadno uno piensa así y trata de criar a sus hijos fuera de todo ello es complicado tener una pareja que piensa y actua distinto.
Así empecé un verano de 2002 a estudiar el bachillerato, rescatando la buena alumna que fui en la infancia, poniendo todo el empeño salir adelante. Hubo veces en que acudía con mis niños a la escuela, me iba sola, porque debía ser puntual y odiaba esperarlo a el sabiendo que llegaríamos tarde.
Una tarde me llamó mi papá por teléfono, mi abuelo Ángel había muerto. No quisimos decirle a mi mamá, no quisimos cargar con su reacción, con su enfermedad, por mi parte no me arrepiento, por mi parte creo que tuve la oportunidad de despedir a mi abuelo en Santa Paz. Estuvimos todos, menos ella, mi papá me pagó el pasaje de ida y vuelta para ir a Guaymas, mis niños se quedaron con su otra abuela.
Mi abuelo falleció de más de 94 años, un 31 de agosto en Hermosillo, mientras estaba en el hospital acompañado de mi tía Rosa. La velación fue muy solemne, poca gente, solo un señor mayor que no supimos quien era. La misa fue lo más triste por lo que había pasado hasta ese momento. No fui al cepelio, preferí regresar con mis niños, me despedí de mi papá y de todos, me subí en el autobús, me fui llorando, ya no volvería a ver a mi viejito, lo había dejado de visitar por más de cinco años, algo de lo que hasta hoy me arrepiento.
Regresé a casa y mi mamá sospechó algo pero creo que pensó cualquier cosa. A los meses se lo dije, le dije que todos estuvimos de acuerdo en no decirle, le eché en cara que cuando iba a Guaymas nunca atendía a mi abuelo, que no tenía motivos para llorar, fui dura, si, quizás. Se fue de nuevo, esta vez no se a donde realmente ya que mi tía Guadalupe había cerrado la casa de mis abuelos y se apropió de ella impidiendole a todos entrar.
Mi madre regresó, las cosas se tornaron peor. Mi papá llegó una tarde con sus maletas, dijo que se le había acabado el contrato laboral, pero se bien que se regresó por ella, por todo lo que estaba ocurriendo. Corrió a mi papá de la casa y se fue a vivir con mi tía Chalita, luego nos corrió a nosotros, no tuvimos más remedio que regresar a la otra casa, a ese espacio donde apenas cabíamos. Ahora era peor, Melina ya tenía 9 años ya estaba en la pubertad.

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