Hace solo 13 años, los 37 llegaron con una noticia. Algo sospechaba ya porque había silencios en la distancia entre Mary y yo. Sería abuela. ¿Abuela? ¿Cómo podría yo ser abuela tan joven? ¡Abuela, si ni siquiera había aprendido a ser madre, si para mi Mary apenas era una niña. Los consejos y enseñarla a ver a través de mi espejo no sirvieron de nada. Y es que la vida es así, nadie experimenta en cabeza ajena, uno tiene que tropesarse para saber por donde pisa, pero hay quienes aun así, tropezamos con la misma piedra.
Habían cosas que me dejaban tranquila, pues la distancia en esa etapa de mi niña, no fue algo que hubiera deseado. Su entonces suegra era enfermera, eso me confortaba un poco. Pensaba que estaría bien cuidada. Lamenté mucho mi hija se hubiera embarazado tan joven, realmente se había tirado al matadero, pues el muchacho no tenía oficio ni beneficio, nunca hizo nada por ella, nunca se vió la intención de formalizar, estaba entrando en el mismo laberinto en el que yo seguía atrapada.
Encontré otra oportunidad laboral, aquí habia muchas mejores prestaciones y lo más padre, un automóvil, que se convirtió en mi primer auto, y en mi primer experiencia manejando transmisión manual. Creo que nos sirvió mucho. Tenía un sueldo, incentivos, la oportunidad de viajar cada mes a Obregón, de ver más frecuentemente a mi familia. Así pude acompañar un poquito a mi niña en su embarazo, a Melina en sus estudios, visitar a mi papá, ver a Manuel, quien poco a poco fue perdiendo el interés por el mismo y metiendose en la flojera y holgazanería que le solapaba su progenitor.
Y así pasaron los meses hasta que el 09 de diciembre de ese 2013 llegó la luz de mis ojos, a mis 37 años llegó Mariana, mi primer nieta. Llegó la Navidad y festejamos en la casa del novio, estuvieron Melina y mi papá, también nos visitó mi hermano y Adriana con sus respectivas familas, mi tía Rosa, Rossy y su familia. Momentos que no volverán.
Llegó el año nuevo, el primer mes de Mariana, lo festejamos con un pastel, mi niña ya se había convertido en madre y yo no me lo creía. Mariana, tan pequeña y tan perfecta, no sabía si podría ser su abuela, me hacía inmensamente feliz su llegada que me propuse sería esa abuela que hubiera querido tuvieran mis hijos.
Pasaron las fechas de reuniones y todo volvió a la normalidad, a esa triste realidad de la cual escapaba trabajando. Me estaba enfermando de vivir ahí en casa del novio, una casa nueva que a pesar de que no estabamos muy bien, me había invitado a ilusionarme con el al comprarla. Una casa que siempre estaba sucia, infestada de cucarachas, una casa donde siempre había gritos, y toda la limpieza me la cargaban a mi. Así que prefería pasarla trabajando, desayunaba y comía en la calle con tal de no estar ahí. En el trabajo me iba muy bien para lo que yo había estado acostumbrada. Y pronto el novio se dió cuenta y me empezó a exigir el precio de vivir en su casa.

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