Cumpliendo los 48, enfocada en que la vida tenía que continuar, así, justo como estaba. Dedicada a dar lo mejor de mi, con mis nietos que han sido desde su llegada la mejor medicina, enfocada en trabajar, en entrar al gimnasio, cuidar un poco de mi salud. Había dejado de correr, desde entonces no he podido organizarme, darme el tiempo que merezco y tanto necesito para estar bien.
Hubo cambios en el trabajo, visualicé varias cosas dentro de esos cambios, pero aún así, daba todo de mi para hacer lo mejor. Marco y yo llegabamos todos los días cansados, sin ganas de hacer ejercicio, solo con ganas de descansar. Los sábados seguían siendo díficiles de vivir, sin ganas, renegaba de ello, porque dolía. Dolía mucho ir a Obregón, viendo en cada esquina los muchos recuerdos que tenía con mi papá, con mi mamá. Pasar por la casa que le quitaron a mi papá de la peor manera, problema que provocó en mucho su problema de salud.
Oliver inició la primaria, Osmar entró al jardín de niños y Mariana al último año de primaria. Seguíamos en la rutina y de pronto nos sorprendió diciembre. La Navidad la pasamos en casa, Manuel y Oliver vinieron a pasarla con nosotros. La pasamos bien y yo estuve muy feliz, pues desde hacía ya algunos años que Manuel no venía a la casa.
Llegó el 2025 y llegó con más debilidad de mi papá, en un par de semanas ya no se podía sostener, había pasado por un hérpes zóster y pronto lo diagnosticaron con neumonía. Había momentos de mejora, el temor de perderlo. Se puso más flaquito de lo que ya estaba y me encontraba en un dilema. Me debía presentar a una convención del trabajo. Estuve a punto de no ir, de decirles de la situación de mi padre, pero mis hijas y Marco me animaron. Me fui, pero dejé todos mis pensamientos en Hermosillo.
La convención tenía muchas actividades y traté de mantenerme en pie, pendiente de cualquier mensaje, dando gracias a Dios por las leves mejoras de mi papá. Inesperadamente me nombraron, me gané el primer lugar de ventas. Un viaje a París nos esperaba. Lo festejé, pero a la vez yo solo quería ver a mi papá bien, me temía lo peor. Regresé y lo único que quería era ir a verlo, lo encontré muy mal, sabía que el final se esperaba. Aun sabiéndolo, me aferraba, me quedaba Fe en que eso podía tener un revés.
Yo soy incrédula, como Santo Tomás, hasta no ver, no creer. Pero ese día en la mañana su voz sonó dentro de mi; "Hoy es día de la Candelaria", entendí que había llegado el momento. . Adriana, Marco, mis hijas, Rossy, Machita y Luis Antonio, mi primo Jorge. Estuvimos en sus últimos minutos. Llegó el sacerdote a darle sus servicios, levantó la mano y cerró sus ojos. Dios se lo llevó y ha sido lo que más me ha dolido en la vida. Me quedé en la orfandad a mis 48 años, caí en el abismo de la soledad, nadie nunca jamás haría una oración por mi con tanto amor, con tantos buenos deseos, ya jamás me daría su bendición, no volvería a tener un beso suyo, una caricia. Había perdido al hombre más importante de mi vida. Se fué los últimos minutos del 02 de febrero, el día de la Candelaria a sus casi 85 años.
Le hicimos una misa, fui abrazada y muy confortada por mi familia, amigos y los compañeros del trabajo que estuvieron a mi lado, muchos a pesar de la distancia. Fueron días difíciles, pero me fortalecí, sabiéndome ecuánime, así como mi papá me describió siempre y continué trabajando. Si, trabajando pero desde entonces no hay día que no llore, que no lo eche de menos.
Pasaron los días, asimilando, entendiendo que la vida es así. Semanas después mi tía Josefina ingresó al hospital, pasó varias semanas internada, hasta que el 18 de mayo se fue... vivió 94 años, tuvo 11 hijos, una vida muy dura, pero la mejor actitud ante la vida.

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